domingo, 21 de febrero de 2016

Unicidad

Rosas Blancas obsequiadas en el
Memorial a Berta Canals

En charla de presentación de libro recién editado de un escritor amigo nuestro, autor de alguna novela que debería quedar si se cumple el mandato de la genuina narrativa de vencerle a lo ignorado y al olvido, pues este escritor me echó una mirada, significativa entendí, al tiempo que exponía ante el resto de público asistente la auto pregunta de si sería él un genio, por lo habitual en los fenómenos de la literatura de contar con una colaboradora asistente al estilo de Vera, la esposa de Vladimir Nabokov; tan desmañado el ruso americano fuera de su manejo con la pluma,  que hasta para abrir un paraguas corría ella al punto a socorrerlo. Así que yo no seré, respondía teatralmente, sin temor a que la negativa afirmación afectara a su íntima creencia, y es que nuestro amigo -el auditorio tenía el dato- se encuentra al cuidado de sus dos hijos de corta edad y al cargo de las tareas domésticas mientras su mujer se desplaza a la ciudad en su trabajo como eximia profesora de danza contemporánea. Por qué me miras tío, pensé, no vas a encontrar en mi complicidad, a ver si vas a creer que cualquier esposa acompañando a prodigio va a ser un dechado de consagración al mismo y tampoco te creas que conoces como funciona cualquier estereotipado conjunto de dos, siquiera el de los Nabokov. Mira si le voy a abrir así sin más a mi marido cualquier cosa. Abajo almas benditas; inexistentes. Mi marido se las arregla solito para acceder al contenido de botellas, latas, tetra bricks, ordenadores, ollas a presión, abertura de rejas ballestas, o cualquier otro tipo de cerradura que se le oponga. Solo diría que le facilito sin llave o candado la puerta de entrada que dejo entornada de acceso secreto a nuestro oculto jardín, aunque de cultivar ahí florecitas y vegetales del plantío ecológico nada de nada, yo de dama con guantes de seda y vestido satén, que en este estado de darle a la piedra no me despierta la horticultura el mínimo deseo, así sea la bioorgánica de moda.


Morada adentro de nuestra morada
Cierto que algo del teatro del martirio contiene mi discurso -viene del post anterior-, lo reconozco, aunque más de masoquista tendría el tratar de despellejarse tira a tira de las influencias que a uno se le han ido incorporando; ya de natural resulta que unas se desprenden como otras se aferran a la médula, y tampoco es cuestión de ejercer el control. Nada surge de la nada, ya está dicho. Así que tomamos como ingredientes para la recreación del universo de cada cual lo que por los poros nos es absorbido, siendo a los unos lo primero penetrable lo mismo que a otros les resultaría aún por pinchazo intravenoso inviable de asimilar. Caso vacío el del psicópata, cara de ángel, alma de hielo, con estilete a punto de incidir, fuera de su gélido bloque, en la consecución de sus cerebrales ardientes propósitos, venido desde antes de nacer a actuar implacable, valiéndose de las influencias como barniz para enmascarar su impertérrita e inaccesible naturaleza. Para los demás, válganos para expandirnos lo que nos tocó de asimilar como propio o impropio. o para retrotraernos, sin el agobio de pretender manipularnos a nosotros mismos en contra de la indefectible corriente por la que tenemos otorgado fluir. Para qué me iba a esforzar además, si considero excelente material el eco en mi persona de lo extraordinario que en lo próximo mis sentidos repicó, y a mi cultura occidental la valoro como a un tesoro; ahora que anda destilada, luego de siglos de evolución, agotado el suplicio a granel, en salida de la barbarie por imponer un modelo.

Volviendo a lo primero. Sucede que tengo en casa a un monstruo, de los buenos ¡eh!, tomado según la acepción quinta del Diccionario de la Real Academia Española, persona que posee cualidades extraordinarias para algo. Un desmesurado de las letras en mi caso. Aunque una desproporción es siempre algo desestabilizante. Te lía la existencia lo mismo que te la nutre, en cuanto a horarios y por todo lo demás. Es complicado para un profano hacerse idea. A ver, qué madre primeriza, o con niño especial, con anterioridad al parto, o antes de que empiece a desarrollar, podría imaginar hasta qué punto ese ser en miniatura la iba a trastocar y a absorber las veinticuatro horas del día en cubrir todas las necesidades peculiares, que si no se cuenta con ayuda se te empalman los quehaceres que da gusto. Pues con un desmedido genio artístico sucede más o menos lo mismo, aun sin instinto de atenderlo te lleva a una vida trastocada de por vida; bien que no hay parto que valga para aclararle a cualquiera, pues poquísimos se encuentran en similar situación  y por tanto, poquísimos podrían comprender de qué va la diferencia con respecto a otra pareja de genio más común. A añadir si ese caso de escritor está todavía por alcanzar el definitivo reconocimiento como tal.

Rosa blanca a la basura
Y de altruísta nada, lo mío fue puro cálculo matemático; inconsciente puede, pero bien llevado desde lejos. Siempre imaginé que íbamos en cordada; en alguna fecha que se pierde en las calendas lo entendí de esta manera, si él llega yo llego. Situado él al frente por cuestión de edad, genio evidente y pura practicidad. Yo le dije un día, mira hombre, ¿por qué no dejas de marearte con los negocios y te concentras como escritor?, ya me dirás, ¿para qué sirves mejor?, ¿vas a desperdiciar en comerciante lo que vales como el oro?, ¡eso sí sería faltarle a la naturaleza o los dioses que te proveyeron!, ¡echar tu talento al pasto de una ganancia a corto plazo!. Total, ¿cuánto nos puede llevar la espera?, ¿un año, dos, tres?, así luego yo ya me dedicaré con holgura a lo que me dé la gana.

Con lo cual llegamos hasta el día de hoy. Escritor de culto él, que no de dinero o retribución en especie, consagrado entre lo cuatro que lo conocen y reconocen; prima su labor en casa -aunque el  considere su trato a la cola- por la pura preeminencia de lo más potente a razón creativa. Ejerciendo de comercial yo; agotado casi este lugar que me funcionó como máquina del experimento que me iba y nos iba a hacer remontar. Prima también su trabajo por una  cuestión biológica, que por más que Berta Canals me dijera que para ambos andaban los años en nuestra contra, antes corren para él que para mí, hasta agotar el tiempo.

domingo, 14 de febrero de 2016

Concierto

Ludwig Jungnickel
Hoy a las ocho y media, al sonar mi despertador, se levanta  mi marido al baño y en el tránsito antes de retomar el sueño me dice que se acostó a las seis de la madrugada y que tuvo una noche gloriosa. Lo felicito y me quedo un ratito más entre las sábanas. Me alegra; es estupendo cuando la escritura fluye; está inmerso en una obra que durará por años hasta que complete; la más lenta y abarcante de cuanto lleva hecho; una amalgama de ideas, un experimento.

Ahora que los medios se han adherido al término "conciliación" y lo usan como globito del chicle manido hinchado a cada rato entre el discurso, diré que nosotros, con nuestros horarios tan disímiles, nos arreglamos bastante bien en ese sentido, pues, por ejemplo, habiendo yo desayunado a las nueve no me importa almorzar a las dos, tres o cuatro de la tarde, acompañada o por mi cuenta, con plato elaborado o lo que encuentre de inmediato entre lo comestible, tengo el estómago como todo lo demás, adaptable a las circunstancias, lo único sagrado es que me alcance a hacer la digestión antes de acudir al gimnasio. En situación concreta le sintetizo esta explicación en una frase a mi marido, "arreglad cómo queráis, yo no importo", y se cabrea una barbaridad por esa actitud que se me viene repitiendo, dice, de menosprecio hacia mi misma; cómo se te ocurre decir que no importas, ¡eres importanteee!, ¡importas una barbaridaaad!, a dónde quieres llegar con esa forma, sigue él, cargada de soberbia en el fondo, esa humildad  judeocristiana que encierra un sentirse superior a través de echarse ceniza encima. Yerras por completo, mi amor, le contesto, me valoro y aprecio hasta un punto que no te haces idea, y de mente cristiana nanai de la china, pues en ese interior tan condicionado que me pintas me encuentro más libre que colibrí en paraje sin averiar, y en cuanto a lo de opacarse te aseguro que en la ridícula vía de sentirme moralmente por encima optaría mejor por un baño en purpurina. Con lo de "no importo" me refiero, le sigo, a la fruslería de tener que meterme en deliberación sobre algo que me da exactamente lo mismo y por ahorro de lio y energía prefiero decidáis vosotros. Por otro lado, tu mismo dices que soy una mandona, y emites, cuando estás hasta tus benditas partes, tus ganas de largarte, con liviana mochila a otro lado, de trotamundos, de trashumante, o como Joe Gould*, recalado al fresco en barrio bohemio; que ya verás cuando caiga la nieve lo mucho que te va a gustar New York.

Lo he dejado mudo a mi marido en este diálogo, en pos de explayarme, pero en los más verosímiles de nuestra convivencia diaria no lo acallo ni convenzo con palabras, en primer término porque soy parca en ellas, o poco rápida y habilidosa en su uso, en segundo, porque nos funcionan mejor otras artes a la hora de llegar a un convincente punto de conclusión dialéctica.

Con respecto al espacio físico que nos sirve de vivienda y lugar de trabajo, es decir, que nos aloja dia y noche, tenemos la ventura y pega de atraer como imán a toda nuestra prole hacia ahí. Se aparecen por el recinto hijos con novias, y claro, tampoco los vamos a echar cuando nos visitan, o si en fase de reacomodo vienen a instalarse por un periodo; por algo es también su hogar. Entonces sucede lo que sucede.

¡Estoy en medio de una plaza pública!, ¡¿cómo se puede escribir así?!, clama mi marido al llegar al límite de su aguante; y tiene razón, pues trabaja en el salón, lógico lugar de confluencia por dónde todos pululamos; juntado a que por más que nos movamos con sigilo y en silencio, nuestra presencia es en esencia ruidosa para él.

¡Pronto, desalojo... a otro lado con sus asuntos... el último mono soy... a circulaaar... déjenme concentraaaar!. A nuestros hijos no les atormenta cuando cae el chaparrón. Les basta con sacar paraguas y enfilar hacia la habitación de al lado. La hora de arrancar fuera la marcan sus propias razones. Tampoco son muy conscientes del genio que tienen en casa.

En cuanto a ese espacio físico creo que salta a la vista mi adaptación, de aquí para allá, con cables colgantes y artefactos acoplados a mi portátil de teclado aparte y batería caput, instalándome en un lugar u otro, con toda la carga cristiana, o antifeminista, que se me quiera achacar. Mi marido seguirá pensando que él es el esclavo y sufridor de todos los atropellos a que lo sometemos, y sale el ejemplo del coche, del que ya prácticamente no dispone, dice, o del trastero, que considera arrebatado de su posesión, pues se lo trastocamos y se esfumaron las herramientas del lugar y estado en que hace treinta años las dejó. Mi marido seguirá pensando, que de resultarle afines las asociaciones debería acudir a la liga anti sumisión del padre y marido a fin de recobrar la libertad y comodidad de las que antes de nuestra aparición gozaba.

*Conciliación: Cool palabreja que los medios han puesto de moda -como tantas otras que sucesivamente van apareciendo y desapareciendo. En este nuevo contexto se refiere a la acepción ajuste o concierto de una cosa con otra referida a la adecuación de los horarios de trabajo para poder hacerlos compatibles con una vida personal y familiar plena.

*Joe Gould: Personaje de la novela de Joseph Michell "El Secreto de Joe Gould"; entre las preferidas de mi marido. El personaje es un escritor que vaga por el bohemio barrio neoyorquino del Greenwich Village, allá por los años cuarenta del siglo XX, antes de Bob Dylan por ahí.