domingo, 11 de enero de 2015

Imaginando lo peor


Ayer sábado fuimos, mi marido y yo, al pueblo vecino donde se reune con periodicidad un grupo de gente para comentar libros y a donde tiene que ir él en la próxima a hablar de su obra. Sentados en círculo los participantes iban nombrando autores y títulos, contando algunos las tramas, muy interesados todos, ante el despliegue de literarias lecturas hechas o recomendadas, tomadas por los otros con ganas inmediatas de incorporarlas a su bagaje. Yo me aburría. Sin saber si mirar a la calva del de enfrente, a la barba blanca del de su costado, a la rala gris del de más allá, o a la tez del pálido al fondo. A los tintes de ellas, a sus abrigos, a las bufandas, a los zapatos, o a las manos entrecruzadas, ensortijadas, de uñas pintadas de la que tenía al lado. Ahí se me hizo evidente no ser una lectora empedernida, ni siquiera una mediana consumidora de literatura. La más divertida una perrita con pelliza acolchada azul, sentada en su correspondiente silla del ruedo, ojos abiertos y orejas paradas, al tanto a cada segundo de la interesante cháchara. "Si este es el estándar de lector, estamos aviados", pensé con malignidad, pues se trataba de buena gente erudita y se lo estaban pasando la mar de bien. Al acabar se fueron juntos a cenar a una pizzería, y nosotros a celebrar en casa nuestra fiesta preferida. Seguro fueran agradables, el matrimonio que nos invitó, gratísimo de encontrar, aparte en su mayor parte de que sean acérrimos seguidores de lo escrito por mi esposo.

Después de lo acontecido en el hogar mi marido se habrá levantado para quedarse despierto hasta la madrugada, pues a la una de la tarde, cuando me fui a nadar, seguía su figura haciendo bulto en la cama. Nada se movía. Imaginé por un momento que estuviese muerto. Qué susto me iba a pegar. No obstante pensé que era de lo más natural, dentro de sus singulares horarios, y salí de puntillas a la calle. Después del ejercicio, bajo la ducha en el gimnasio, empecé de nuevo a darle vueltas: ¿y si llegaba a casa y lo encontraba aún entre las sábanas, quieto, sin asomo de aliento, tieso al fin?.

La única imagen positiva que me sobrevino fue que quedaría anulada para el resto de la eternidad la posibilidad de que alguna vez descubriera que la maleta de cabina que había desaparecido de la bodega del autocar desde el aeropuerto de Luton, cuando mi hijo Lucas y yo nos apeamos en la parada de Swiss Cottage, al llegar a Londres, en realidad no nos fue sustraída por uno de esos reconocidos granujas británicos, si no que, uno por el otro, mientras rescatábamos de la panza del ómnibus el equipaje mayor se nos olvidó, y una vez percatados, ya este había tomado marcha, con Lucas a la carrera detrás sin lograr alcanzarlo. Cierto es que por más que tratamos, no la recuperamos, con lo cual, a manos de algún sinvergüenzilla aprovechado es que habrá ido a parar.

Porque mi marido se acuerda de todo desde el principio. En cuanto surge un pequeño incómodo fruto de mi distracción, allí se larga con la retahíla. De la tijera que supone se me fue a mi a la basura, hace más de treinta años, de la puerta que dejé sin cerrar al descender de su coche desde mi plaza de acompañante en nuestras primeras veces, del billete, en pesetas, que encontró olvidado dentro de un libro, todo anotado en su memoria, hasta el día de hoy. Cuando por ejemplo amigas profesionales, con trabajos de obligada atención, me han contado de dejarse la tarjeta del banco en la ranura del cajero automático, o extraviado para nunca más volver a localizar el billetero, o las llaves de casa, que eso para mi marido constituiría delito penado con el divorcio, por la inseguridad que le crea. Y que conste que yo tampoco me despisto en el trabajo.

Por lo demás todo tristísimo. Cien por cien comulga mi alma con la suya. Me iba a quedar sin nadie de mi exacta profunda sensibilidad. Tan diferentes y tan cercanos. La única posibilidad entre un número infinito se me dio, o el designio de un dios celestial. Además, ¿quién tiene un marido que le vaya diciendo a diario lo guapa que la encuentra, lo atractiva, lo bonito de su piel, el aroma, vaya, no voy a entrar en intimidades, pero qué mujer tiene un marido que le diga, pasadas unas decenas de años, que le resulta más apetecible hoy que cuando la conoció?. Ni remotas ganas me quedarían de volver a empezar con nadie una vida que jamás estaría a la altura del amor que fue. Basta, me sobrepuse, corta el rollo, me dije, o van a resultar más las lágrimas que el chorro que te está cayendo sobre la cabeza.

De niña ya practiqué esa especie de masoquismo. Cuando le tocaba a mi madre terminaba con los ojos imposibles de salir a la exposición pública, suerte que solía hacerlo en momentos de recogimiento entre las sábanas. Algo así con los hijos sería impensable, imposible de imaginar siquiera por un instante. 

Hablando con mi marido una vez me decía que por supuesto los hijos, aun en la peor relación que puedas tener con ellos, en momentos determinantes pasan por encima de cualquier amor de pareja, aún el más apasionado o crecido en sustancia, y que él me dejaría si en un hipotético caso de película lo eligiera en lugar de a ellos. No te preocupes cariño, le dije, que de tener la amenaza, irías a la pira en menos que cantara un gallo, y espero que tu lo mismo. Queramos o no, los hijos son lo máximo de lo máximo para cualquiera en su sano juicio; es por dictado de la naturaleza que esperamos como principal gracia en la vida tener que aguantarlos hasta nuestro fin.

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