sábado, 4 de abril de 2015

Gracias al porno


Escuché contar a varias mujeres cercanas a la generación de mi madre, ella en edad de gatear cuando estalló la guerra civil de 1936 en España, que era frecuente en su infancia, juventud y hasta de bien plantadas mujeres, encontrarse con algún tocón, en el cine, en el metro, en las monjas, pues también podían ser ellas, me refiero a las féminas en general, encontradas enclaustradas en los ámbitos de las clases y los internados. Alcanzaban a tocar con lo que podían, la vista o las manos, para lo segundo en el cine se venían a colocar justo en la butaca al lado tuyo, si por suerte del viciosillo estaba libre, a ver de palpar por un segundo, por un roce que pareciera casual, la carne que saltaba como un resorte fuera de su contacto, o que quedaba petrificada en el asiento a la espera de que fuera un error de cálculo, con rápido retroceso por parte del vecino, lo que estaba sucediendo. Algunas de las de mi edad alcanzamos a saber de ello en cuerpo propio, pero ya era muchísimo menos probable que ocurriera y de la adolescencia no pasó, habiéndose considerado después un risible caso de antigualla toparse con un tipejo de esos, con la libido subida por algo que no viniera de la pantalla.


En los años de hacerse mi madre adulta imperaba el Generalísimo Franco, con la Falange, la Iglesia y la educación provista por la Sección Femenina, encargados de dejar bien bajo el listón de lo erótico-festivo en el país, hasta considerarse de escándalo mayúsculo la sensual sacada de guante de Rita Hayworth en el papel de Gilda, en la película del mismo nombre, o ni decir de La Dolce Vita de Fellini, con los pechos desbordantes de Anita Ekberg y el anatema contra la degeneración moral de la cinta que había lanzado la Santa Sede; si esto último contribuyó a su éxito en Italia, en España significó su veto hasta la muerte del dictador. En cambio, conforme yo crecía iban surgiendo, primero como setas esporádicas, las transgresiones que causaban revuelo y luego, como el brotar de champiñones cultivados sobre estiércol de équido alimentado con paja, llegó de golpe el descoque total, lo cual fue majestuoso, aportando alegría, ganas de renovarse y bienestar sexual a todo el que decidiera entrar en la onda. Yéndose con tanto despliegue drásticamente a la baja la posibilidad de aparición del hombrecillo con necesidades imperiosas de arrimarse.

En cualquier tipo de sociedad existen los grandes casos sueltos, como violadores en serie, que le pueden tocar por fatalidad a cualquiera, o monstruos que al ser descubiertos dejan demudada y sin explicárselo a la sociedad que los contenía, como puedan ser los casos de Marc Dutroux, el abusador, secuestrador, torturador y asesino de niñas en Bélgica, o Josef Fritzl, el austríaco que secuestró y violó a su propia hija durante veinticuatro años, o Ariel Castro, el estadounidense de origen puertorriqueño que hizo los mismo por diez años con tres mujeres que secuestro por separado y al azar en Cleveland, en el estado de Ohio. Pero por lo general, bienvenido sea para gloria de nuestras naciones el fácil acceso al sexo y al material erótico o pornográfico que lo pueda estimular.

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