jueves, 4 de agosto de 2011

Espíritus marchosos

Óleo de Francis Bacon

EI viernes pasado íbamos  pedaleando en fila  en la oscuridad de la noche un chinito joven y yo por una ancha acera del extrarradio cuando un ciclista que venía en sentido contrario desmontado de su bicicleta nos alertó al pasar junto a nosotros: ¡Policía, policía!. Ni el chino ni yo sabíamos muy bien que pasaba. Los dos llevábamos las luces puestas; eso no debía de ser. Por si acaso nos apeamos también. Gracias que lo hicimos. Me hubiera suicidado si el dinero de las trece horas trabajadas en esa jornada hubiesen tenido que ir a parar al pago de una estúpida multa. Al pasar con sigilo por donde estaba parada la policía vimos que le estaban rellenando un papel  a una chica con menor suerte que nosotros en ese día.
Parece que hay unas normas, pero a tenor de lo que tengo observado estas no deben de regir durante las horas de claridad. ¿A qué peatones estarían ellos  tratando de proteger a la luz de las farolas?.
Ahora caigo en cuenta; entiendo que estarían velando por la integridad física de ciertos espíritus marchosos del cercano cementerio de Chesterton que, según se rumorea, en cuanto huelen el fin de semana abandonan sus lápidas de piedra para irse a dar un garbeo por esa acera tan animada.
Con todo lo que pueda encontrarme ahí, yo en viernes por la noche seguiré pedaleando por donde no se debe; prefiero elegir la manera de morir a que sea un loco desaprensivo en su cacharro el que me aplaste en la calzada como a una cucaracha doméstica.

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