viernes, 22 de julio de 2011

Barbacoa al atardecer III


Óleo de Edward Hopper
Yo tenía pensado ir a la piscina tras el trabajo y acicalarme allí para la party. Como resultó que la piscina cierra los jueves a las cuatro de la tarde (¡que cosas más raras pasan en este país!), tuve que regresarme al hostel y solicitar por imperativo a la directora que me prestara por un rato el suelo libre de la habitación número once a fin de poder extender mi toalla y realizar sobre ella unos cuantos estiramientos que me libraran del cansancio.
Tuve que hacer malavarismos en esa habitación para poder alargarme sin topar con las paredes. Luego me sumergí en un baño espumoso en la misma bañera que de normal solo veo como un recipiente a abrillantar. A esas horas de la tarde solo estábamos en esa primera planta el agua calentita, la luz natural, el silencio y yo.
Luego regresé al barrullo de mis bolsas, mis cosméticos y mi vestimenta para arreglarme.
Por primera vez en un año salí a la calle con las piernas al aire y encaramada sobre unos altos tacones. Conseguí caminar como si nada los escasos metros que me separaban del lugar.

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