lunes, 29 de noviembre de 2010

La nieve

Bruegel
Una ola de frío y nieve se ha abatido sobre esta isla, algo inhabitual para Inglaterra y más en esta época del año. Ayer a las ocho de la mañana el termómetro marcaba siete grados bajo cero. De camino hacia el hostel me abrigué bien y no sentí ningún frío en el cuerpo, sin embargo los dedos de las manos se me quedaron helados al poco de salir de casa; tanto que llegué a temer que tuvieran que amputarme alguna falange; descarté esa idea al calcular que  media humanidad andaría con los dedos recortados si bastaran treinta minutos a menos pocos grados para congelar sin remedio unas manos enguantadas.
El  parque de Midsummer Common es camaleónico, no se que tiene que cada mañana me sorprende de una manera diferente, pero ayer, claro, no era solo una cuestión de matiz.
Estaba en la mitad de su recorrido cuando lo imaginé como una pintura. La tela debería embadurnarse con colores sombra y  cubrir  luego casi toda la superficie con diferentes blancos superpuestos a lo oscuro. Se tendría después  que rallar  la pintura blanca con alguna herramienta cortante para que a través de los raspones reapareciera los tonos del fondo. Arriba iría una franja de gris azulado con algunos tonos cálidos hacia la derecha. Alguna mínima mancha de color animaría ese cuadro casi blanco; eramos pocos los que nos hallábamos en el parque a esas horas tempranas y frías de domingo.
Hoy el neumático de mi bicicleta ha sido el primero en romper con su huella la blancura del suelo de  nuestra calle. Cuando he salido de casa estaba nevando. Era precioso. Los copos al caer crean un silencio especial. Circulaba con lentitud y cierto temor, tratando de no resbalar.

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