sábado, 4 de abril de 2015

Gracias al porno


Escuché contar a varias mujeres cercanas a la generación de mi madre, ella en edad de gatear cuando estalló la guerra civil de 1936 en España, que era frecuente en su infancia, juventud y hasta de bien plantadas mujeres, encontrarse con algún tocón, en el cine, en el metro, en las monjas, pues también podían ser ellas, me refiero a las féminas en general, encontradas enclaustradas en los ámbitos de las clases y los internados. Alcanzaban a tocar con lo que podían, la vista o las manos, para lo segundo en el cine se venían a colocar justo en la butaca al lado tuyo, si por suerte del viciosillo estaba libre, a ver de palpar por un segundo, por un roce que pareciera casual, la carne que saltaba como un resorte fuera de su contacto, o que quedaba petrificada en el asiento a la espera de que fuera un error de cálculo, con rápido retroceso por parte del vecino, lo que estaba sucediendo. Algunas de las de mi edad alcanzamos a saber de ello en cuerpo propio, pero ya era muchísimo menos probable que ocurriera y de la adolescencia no pasó, habiéndose considerado después un risible caso de antigualla toparse con un tipejo de esos, con la libido subida por algo que no viniera de la pantalla.


En los años de hacerse mi madre adulta imperaba el Generalísimo Franco, con la Falange, la Iglesia y la educación provista por la Sección Femenina, encargados de dejar bien bajo el listón de lo erótico-festivo en el país, hasta considerarse de escándalo mayúsculo la sensual sacada de guante de Rita Hayworth en el papel de Gilda, en la película del mismo nombre, o ni decir de La Dolce Vita de Fellini, con los pechos desbordantes de Anita Ekberg y el anatema contra la degeneración moral de la cinta que había lanzado la Santa Sede; si esto último contribuyó a su éxito en Italia, en España significó su veto hasta la muerte del dictador. En cambio, conforme yo crecía iban surgiendo, primero como setas esporádicas, las transgresiones que causaban revuelo y luego, como el brotar de champiñones cultivados sobre estiércol de équido alimentado con paja, llegó de golpe el descoque total, lo cual fue majestuoso, aportando alegría, ganas de renovarse y bienestar sexual a todo el que decidiera entrar en la onda. Yéndose con tanto despliegue drásticamente a la baja la posibilidad de aparición del hombrecillo con necesidades imperiosas de arrimarse.

En cualquier tipo de sociedad existen los grandes casos sueltos, como violadores en serie, que le pueden tocar por fatalidad a cualquiera, o monstruos que al ser descubiertos dejan demudada y sin explicárselo a la sociedad que los contenía, como puedan ser los casos de Marc Dutroux, el abusador, secuestrador, torturador y asesino de niñas en Bélgica, o Josef Fritzl, el austríaco que secuestró y violó a su propia hija durante veinticuatro años, o Ariel Castro, el estadounidense de origen puertorriqueño que hizo los mismo por diez años con tres mujeres que secuestro por separado y al azar en Cleveland, en el estado de Ohio. Pero por lo general, bienvenido sea para gloria de nuestras naciones el fácil acceso al sexo y al material erótico o pornográfico que lo pueda estimular.

martes, 31 de marzo de 2015

Carcomidos por el mal sexo


Mi marido me llamó un día de este mes para mostrarme en su ordenador una filmación que acababa de visionar por vía de red social de un hecho ocurrido en uno de esos países en donde la mayoría de los bípedos sin plumas copulan malamente. Un hombre aparece en las imágenes por la calle sujetando a una mujer que hace arrodillar en mitad de la acera mientras a los gritos comienza un discurso que parece referirse a lo terrible de algún comportamiento de la cubierta de negro a sus pies, o que estuviera haciendo propaganda de la malvada en la intención de que alguno entre los transeúntes se la quedara a fin de propinarle el uso que merecía. Fugazmente configuré que se desharía de la sometida en una rápida transacción, o que seguido de golpearla animaría a otros a hacer lo mismo, sumándose la canalla de inmediato, dado que el vídeo era de poca duración, pero lo que sucedió fue más veloz, el hombre sacó un revolver y le descerrajó un tiro en la cabeza que la tumbó ipso facto, sin tiempo a doblegarse, caída tiesa en el sentido de la bala, cual pieza de ajedrez en forma de fantasma, ante el personal que seguía impertérrito circulando.

El veintiséis leí lo contado por un afgano afincado en Londres, aquejado de insomnio tras haber presenciado durante su corta estancia en Kabul, en pleno centro frente a la mayor mezquita de la capital, el linchamiento hasta la muerte de una joven y quema de su cadáver previo vapulearlo, arrastrarlo y tirarlo a la inmundicia, llevado a cabo por una turba de indignados, al clamor de "Alá es grande" y "muerte a Israel", por motivo de que un mullah dijo de ella que trató de quemar un Corán. Entre los homicidas, chicos modernos con teléfonos inteligentes y cuentas en las redes sociales donde se apresuraron a colgar y difundir testimonio de lo hecho, jóvenes urbanos poco enterados de la religión, más pendientes de coches o de féminas. Ahí estarían para verlas a ellas, como cada miércoles, día de acceso para las mujeres a los santuarios, observarlas de lejos, conjeturarles la silueta a las atrayentes, por indicios en el ropaje sin entallar, atisbar al borde de sus pañuelos alguna mirada apuntando por el rabillo del ojo hacia sus personas. Farkhunda, la que pereció en sus manos, era una creyente musulmana que estudiaba para profesora de religión. Por esa cercanía se confiaría de expresarle al mullah que la lanzó al diablo sus dudas acerca de lo apropiado de algunos como él de instalarse  a la entrada de los santuarios a hacer gastar a las pobres mujeres el dinero de la subsistencia en adquirir influencias a través de ellos para la concesión desde el más allá de aquello por lo que rogaban.

La policía vio y se mantuvo al margen, igual que los uniformados del cuerpo antiterrorista que patrullaban por la zona. Para evitar represalias contra ellos, la familia de Farkhunda, por consejo de esa misma policía, declaró que su hija padecía enfermedad mental. Luego el padre se retractó diciendo que Farkhunda se encontraba cuerda mas sin intención alguna de quemar el libro sagrado. Se alzaron voces de ambos sexos manifestándose en contra de ese horror por las calles de Kabul, el país permanece estremecido por la injusticia. No obstante, lo subyacente y tenebroso de pensar es que, de haber intentado de veras la muchacha hacer arder las páginas de ese libro, el terrible castigo le hubiera parecido a la mayoría, dentro del noventa y nueve coma ocho por ciento musulmán, la adecuada y proporcionada punición.

Jyoti Singh Pandey
"Nirbhaya"
A principios de este marzo volvió a las noticias, por un documental estrenado en el Reino Unido, lo sucedido en la India a finales del dos mil doce. Entonces una joven de veintitrés años, estudiante de fisioterapia, con un amigo, técnico informático, tras acudir a un centro comercial en sesión de tarde un domingo a ver la película La vida de Pi, se montaron en South Delhi, el distrito más influyente y próspero de la capital de la nación, a un minibús de línea privada que les ofreció el servicio por ir en la dirección que los debería de haber conducido a casa. Al acceder, el conductor y su hermano limpiador de ese transporte se encontraban junto a cuatro amigos haciendo la ruta sin otros pasajeros a bordo. Al poco de sentarse fue cortada la luz en el habitáculo, por los inminentes asesinos que a golpes lo redujeron a él y entraron de pleno a violarla a ella. Nirbhaya murió días después en un hospital de Singapur, enviada desde Delhi para ver de salvarla, cuando la madre y los doctores del primer hospital sabían que eso era francamente imposible debido al amasijo en que habían sido convertidos sus órganos internos durante la agresión. Después de usarla la arrojaron del autobús a la cuneta, a ella y a su acompañante, ensangrentados y desnudos ambos. El suceso levanto la indignación y la protesta en el país. Por primera vez la ciudadanía salió en masas a la calle por algo velado que venía y sigue ocurriendo en gran medida contra las mujeres, pudiéndose temer desde su más tierna infancia. Ante el revuelo general, fueron buscados con éxito, juzgados y condenados los culpables.

La productora y cineasta británico-israelí Leslee Udwin rodó un documental sobre el caso, que tenía planificado difundir en Internet el ocho de marzo, Día Internacional de las Mujeres, con presentaciones en diferentes puntos del planeta. El gobierno indio bloqueó el cuatro de marzo su difusión mediante una orden de la Corte de Justicia, alegando la necesidad de ser aprobada antes por las autoridades pertinentes. El ministro de Asuntos Parlamentarios declamó: "Podemos prohibir la película en la India, pero esto es una conspiración internacional para difamar a nuestro país y vamos a ver como podemos detenerla también en el extranjero". Los medios de comunicación se están mostrando por lo general poco conformes con el film; más pendientes e indignados por el atrevimiento de una extranjera a dar una mala imagen del país que satisfechos o expectantes por la revulsión social que esta produciendo una investigación que desvela la ponzoña que a pesar de las leyes permanece inoculada en los tejidos más profundos de la sociedad.

La cineasta Leslee Udwin que nació en Israel, creció en Sudáfrica y lleve treinta viviendo en el Reino Unido, se declara amante de la India, a la que lleva viajando por más de una década y dice que la idea del film no le vino de la violación, sino de las protestas, que la impresionaron y le abrieron las ganas de aportar algo. Nunca antes había visto ella en el mundo un levantamiento de tal magnitud clamando por un cambio de mentalidad, en un lugar donde ir a manifestarse no es como salir a tomar el fresco; requiere de un valor, un íntimo convencimiento, un hartazgo hasta decir basta para enfrentarse a lo que pueda suceder. A la pregunta de porqué puso el foco en ese país, siendo como hay tantos en el planeta donde las mujeres no están en mejor situación, ella respondió, ¿y porqué no?.


Ni un instante de remordimiento o compasión pudo atisbar la directora del documental a lo largo de las dieciséis horas empleadas con los convictos. Aparte de saciar las ansias de juerga ellos tenían motivos de enjundia para la agresión. El cabecilla, el conductor que se suicidó colgándose en la cárcel, quería enseñarle a sus secuaces cómo darle su merecido a esa pareja de moral errónea que se sentó en su autobús. Empezaron por increpar al muchacho, Awindra, inquiriéndole, "¿Qué estás haciendo tú, rondando de noche con una chica?, ¿qué estás haciendo sentado a su lado?". Uno de los violadores, Mukesh Singh, se extrañaba de que su hecho hubiese  llamado tanto la atención. ¿Escuchasteis del caso de Barabanki?, preguntaba al equipo de rodaje, ellos le arrancaron los ojos después de violarla, ¿es eso menos malo que lo que nosotros hicimos?. Mukesh Singh fue desgranando ante cámara sus perlas de pensamiento: "Una chica es de lejos más responsable de una violación que un chico; ella no debería haber estado allí; resulta imposible palmotear con una sola mano"; si ella hubiera cedido sin dar batalla, a ellos les hubiese bastado con meterle sus miembros viriles, sin adición de emplearse con barra de hierro, a lo que la virulencia de ella los empujó, vino a decir, en palabras menos precisas, este hermano del conductor.

Se desvela en la película una perversa actitud hacia las mujeres no acotada a una panda de violadores, sino que justamente estos dieron con total suficiencia salida desbocada a los humores de su podredumbre imbuidos de una soberanía de macho de la cual está empapada la sociedad en su completo, con los considerados biempensantes a la cabeza.

Lo dramático para la sociedad, que pasa por sobre lo abominable del hecho, según la cineasta, es que no se trata de una depravada acción sin autor imaginable que resulta perpetrada por unos locos con caras de degenerados, si no un hecho bastante reconocible, donde se ensañaron algo más de la cuenta unos jóvenes anodinos, de aspecto común y vulgar, que se sienten superiores a ellas y siguen a horas de hoy creyéndose en todo el derecho de haber hecho lo que hicieron. Creencia de superioridad larvada desde el primer momento, por pequeños gestos, en apariencia inofensivos. Cuenta la madre de Nirbhaya en el film como ellos obsequiaron con caramelos a la llegada de su hija, detalle que extraño sobremanera a los receptores, siendo lo corriente regalan golosinas en celebración por el nacimiento de un niño y nada por una niña. Lo mismo que vendieron los padres de Nirbhaya un pequeño terreno heredado de sus ancestros, ellos que son de estrato humilde, para poder ayudarla a pagar la matrícula en sus estudios, algo por lo que fueron preguntados si es que habían enloquecido, ¡contando además con dos varones!.

AP Singh, uno de los abogados defensores, pronunció y se reafirmó en días posteriores que una hija o hermana suya llegara a relaciones íntimas antes del matrimonio, deshonrándose a sí misma y perdiendo toda calidad de cuerpo y alma, sin duda que el la tomaría, a esa especie de hija o hermana, la llevaría a su campo de casa, y delante de la familia entera la rociaría con combustible y la haría arder viva. ML Sharma, el otro abogado de la defensa, dijo ante la cámara de Leslee Udwin que en su sociedad no se permite salir a las chicas ni a las seis, ni a las siete, ni a ninguna hora con un amigo; "¿de qué están hablando ustedes?, ¿de amistad entre un hombre y una mujer?, perdonen, pero esto no tiene cabida en nuestra sociedad. Nuestra cultura es la mejor y en nuestra cultura no hay lugar para la mujer".

La joven se llamaba en realidad, Jyoti Singh Pandey, lo anunció su padre tras ella fallecer, para dar ejemplo y coraje en casos como el de su hija, de atreverse a salir con nombre propio a denunciar una violación, pues las víctimas a menudo permanecen anónimas, por lo frecuente de que la agresión recaiga sobre la afectada como una vergüenza, sino una culpa. De descubrirse, corre el riesgo de que el repudio se cierna sobre ella y su familia, vistas como mancilladas ambas por lo ocurrido. Por ello, en la mayoría de casos se evita la denuncia, o se trata de que el nombre de la mujer afectada permanezca oculto. De hecho, el verdadero nombre de Nirbhaya no pudo ser revelado con anterioridad en virtud de una ley india que protege a víctimas de violaciones.

La misma directora contaba que en Sudáfrica es una actividad social reconocida para diversión de las pandillas de muchachos salir a la caza y violación de la chica. Supongo que en cualquier sitio donde no impere el juego divertido entre los sexos a la par, el panorama se pone triste, tenebroso y peligrosísimo a la fin para cualquiera, del género que fuere.

Hoy treintaiuno he tenido noticia de que en Badalona, ciudad pegada a Barcelona, ha sido detenida a la madrugada una familia marroquí, padre, madre y dos hijos gemelos de dieciséis años, acusados los cuatro de promover la yihad. Los chicos iban a emprender viaje al día siguiente para incorporarse vía Marruecos-Turquía a los combatientes por el Estado Islámico en Siria. Habían sido radicalizados, en primera instancia por la madre, la más furibunda defensora de mandar a sus hijos al combate, como había sido con el mayor, fallecido en la misma lucha en el dos mil catorce, mártir de la causa cuyos hermanos querían emular. Me pregunto en qué consistiría la cópula del matrimonio.

Desde luego que carcomidos por el mal sexo están los que tienen a la mujer por inferior, mas no solamente ellos corren el peligro de metamorfosearse en desalmados a causa de la división.

martes, 17 de febrero de 2015

Feria

Dibujito con ratón den Photoshop
Susanna Morell
Viajé a la Feria Internacional de Turismo en Madrid, con la encomienda de ofrecer el servicio de la empresa para la cual me muevo por el momento a las cadenas hoteleras presentes en los pabellones con sus stands. Accedía al recinto con pase de prensa, que me hice homologar el primer día y me permitía entrada sin tique. Igual tuvimos que hacer cola de hora y media en la primera mañana todos los allí presentes, así fueran aparentes locales empresarias de alcurnia en el sector, como extranjeros expositores de alta gama con sus largos abrigos y liviano equipaje de recién llegados, para dar paso a sus majestades los Reyes de España y evitar cualquier problema que les supusiera un atentado.

Cinco días pasé, como reina tratada por mis hijos, de las soberanas que viajan sueltas por la capital, presurosa cual hormiga residente por los laberintos de las subterraneidad, ataviada de ejecutiva sin demostrar peso, kilos como las del agujero con su masa a acarrear, arriba y abajo por las escaleras, distancias lineales por terrenos de la institución ferial; aires de ir ligera, que por amparo estoy en forma, pues arduo me hubiera resultado de lo contrario mantener el porte, tren superior molido a cuestas con los lastrantes y por propio auxiliares folletos a la mañana de la segunda oportunidad. Los resultados comerciales se han de notar después, según sapiencia de mi papá. Por inefable destino es que estaré haciendo parecido a él, recorriendo stands sin el propio, y sin cenarme desde luego uno de esos entrecots de su predilección en la brasserie de su costumbre, cuando iba a la de París. A él le encantaban las ferias, sobre todo esa de Francia, la que comienza en cuatro días, Salon International de l'Agriculture en su edición dos mil quince.

Del divino tren de alta velocidad que me condujo a la capital vino a recogerme mi hijo Simón en la estación de Atocha para  llevarme en su reciente coche adquirido hasta la casa de mi otro hijo, en un barrio que a la noche me pareció sombrío y a la mañana reluciente de sol, pues claro, este había salido. Más luminoso aún lo encontré en el segundo despertar, cuando Lucas me invitó a un café sabroso en un café precioso, en la esquina cercana. De vivir en Madrid, esa zona me gustarían para habitarla. La descubrí y sobre mapa até que en otra época la había frecuentado, al menos su parte más transitada. Puro engranaje de la repetición sin saberse, que Lucas esté yendo a un gimnasio puerta tocando del ahora inexistente al que en bus concurrían sus padres periodo atrás en el tiempo antes de su nacimiento.

Me dejó Simón con su auto en la puerta de Lucas, y allí me alojé, en un cuarto sin ventana en un piso donde alquila habitación. Muy agradable el dormitorio y la estadía, nada maloliente por cierto. Amplia pieza y armario de pared a pared, incluida ropa de cama gustosa a la vista y tacto. De la indumentaria de Lucas, cada prenda en su lugar; el vive al tanto de las tendencias y trabajando de modelo. Sofá desplegable tamaño para tres, caro de compra en su momento habrá sido, de descanso ultracómodo. Mi hijo en su cama, cuando no en la de su novia. Limpieza, orden, parquet y calorcito de hogar por toda la vivienda, y un director de cine, dueño y habitante a compartir, con quien Lucas se fue en el segundo atardecer a rodar un plano que lo incluye en la película que el hombre está en proceso de filmar. Di con ese casero el fin de semana en la cocina, de largas tertulias para desayunar, televisión pequeñita cantándonos las noticias, quieres fruta, azúcar moreno, jarabe de caña me ofreció, ataviados de recién levantados, cual pareja de inmemoriales amigos apuntando al día.

Fui a primera hora de la primera mañana al estudio donde estaba Simón a por mis tarjetas y los folletos; era un hervidero; encontré el material que habían mandado imprimir y salí a la disparada, pues allí no había quién te atendiera por más de un saludo de paso. Tan guapo, tan amable, tan cariñoso mi hijo, alcanzó a darme un beso y un adiós, sacado de lo que estuviera haciendo. Encanta yo de verlo en su labor tan concentrado y orgullosa, ha de saberse, de que lleve al cargo tres estudios. Los Bolsos de Uno de Cincuenta, la marca distintiva por sacar al mercado esa máxima cantidad por cada diseño, se llevaban el protagonismo en la planta de abajo. En la de arriba, ordenadores en marcha junto a más ordenadores encendidos, Simón pegado a uno de ellos, y una máquina de café, que fue lo que me tomé antes de desearles buena jornada y partir en metro hacia mi destino en Campo de las Naciones*.

Tras la fauna diurna de la feria tuve ocasión de observar la de la moda en la noche del tercer día. Lucas desfiló y nos invitó a su novia y a mí a presenciarlo. Sobre la pasarela ni rastro en su figura de la presión del día, corrido en solucionar los contratiempos de última hora para entregar en plazo un poderoso pedido de fotos, reto por el tempo requerido, realizado por varios equipos de la productora en puntos de la península, gol de encargo por él conseguido, laborado y coordinado. Iban raudos los modelos, sin tiempo a observarles la ropa. Estará estudiado que sea así; captar el aroma sin el trabajo. Así en el ilusionismo como en el arte, no debe notarse bajo las luces más que la magia que crea, supongo. Lucas el más apuesto, el más gallardo al caminar, en valoración objetiva de su propia madre. Queda el registro de las cámaras, lo que importa al fin, imagino. En la primera fila el torero, el diseñador, el futbolista con su llamativa mujer, las dos chicas que serían alguien, igual que el actor de la película, del cual me quedó claro era un conocido en pico de su fama  a la que varios de entre ese público especial se le acercaron a saludar con contacto efusivo y sacarse foto con él; el de El Niño, me dijo Daría que era. Daría se llama la novia de mi hijo. Al terminar, música en vivo, bebidas combinadas y cerveza de buena marca servida  en su directa botella escarchada. Apeado Lucas y vestido de normal, nos reunimos los tres en la sala de la party. Desaparecidos los célebres para difusión, fue tiempo de mirar el mundillo alrededor; mi hijo dándonos cuenta de quienes eran algunos.

Andaba el sábado cuarto día recorriendo media ciudad a la búsqueda contra reloj de unos albornoces antes de cerrar las tiendas, autoadjudicados de hallar en auxilio de Simón, que los precisaba a primera hora de la nueva semana para el atrezo en un plató. Podría haber mandado mi hijo el lunes a un becario a por ellos, o escaparse el mismo a la vuelta de la esquina, más quizá no llegarían a tiempo me temía, y una madre con ganas de hacerse la maratón, es siempre una madre dispuesta en favor de la causa de su retoño, aunque este no le haya pedido solidarizarse. Ante la cargante experiencia de andar con abrigo en brazo la mayor parte del tiempo desde que llegué, salí esa mañana de día radiante y sin feria con menos capas de género encima, gozando de ir ligera, de la luminosidad por el transcurso de calles y gentes, del encuentro con mi vástago mayor, hasta que al caer el sol, con el agradable seco aire fresco mutado a percuciente viento congelador, cogí en la carrera un resfriado que requirió de una noche sumida en el letargo, alejada del mundo y de mi misma, envuelta en cuatro edredones de asfixiante nivel térmico cada uno de ellos en condición normal, hasta levantarme restablecida.

Sucedía que Simón, que vive con su novia en un barrio allende río Manzanares, tenía una moto Yamaha bastante poderosa que se había comprado de segunda mano bien nueva. La fue a buscar a Cáceres y se la robaron en el barrio de Carabanchel, a los ocho meses de disfrutarla, cuando la dejó allí aparcada, tras acudir a tomar plaza en el coche de un particular acordado por BlaBlaCar* para venirse por un puente a Barcelona. Nada que hacer, le dijo la policía. Se sentía orgulloso Simón con su máquina. La montaron los cacos en una furgoneta y desapareció; despiezada lo más probable. Captado el hurto por la cámara frente a la que la dejó, en suposición medio protegida. Dolerá tener que seguir pagando. Yo no quería sustraerle demasiado tiempo a la pareja, ocupada ese fin de semana en recaudar, montando un catering por encargo, el primero de lo que aspiran a convertir en una empresa que les funcione, sobre todo para ella, ramo de negocio en el que estuvo mi hijo trabajando por largo en Barcelona. Llegué, me comí una exquisitez de bola de patata rellena, tomamos en su saloncito unas cervezas y me trajo, como me había llevado a su casa Simón, de vuelta a lo de Lucas. Entonces, es de comprende, creo, con lo atareado que esta mi niño, que quisiera ayudarlo en lo del lunes.

Es un fantasma mio y no el de ellos, el pensar que en la ruta por la cual siguiendo a mi voluntad tomé camino, avoqué a mis hijos a tener que arreglárselas desde los dieciséis absolutamente por si mismos en lo económico. Aunque, reconozco, esa circunstancia puede venir fantástica para espabilar, es desasosegante, en los momentos de desasosiego, para una madre como yo, pensar que ni en situación extrema les podría echar una mano monetaria, o prestarles cuando lo precisen el respaldo que los ayudara a auparse. Es un fantasma que a veces me habita. 

Procedente de la feria salí en la boca de Metro Gran Vía el segundo día para entrar en la maxitienda Stradivarius de Inditex, Zara, a aprovechar en algo las últimas rebajas, con preferencia en un jersey grueso, pero me fui directa al calzado, dando con unas botas planas de suela elevada  que me enamoraron de inmediato y calzaron a la perfección, tipo Dr.Martens estilizadas, por diecinueve coma noventa y nueve euros. A continuación me senté en el Pans and Company de al lado, a almorzar un bocadillo a las seis de la tarde y a pegarme el cambiazo en los pies. Entré lo uno y lo otro, pasé de derrotada a salir  hacia el estudio donde se encontraban mis hijos en La Latina en una sensación ingrávida, cual si me hubieran brotado almohadillas de propulsión hidráulica, hasta darme un rodeo para conocer. En verdad, por motivo de esas botas de las siete leguas fue que se me ocurrió al cabo prestarle ayuda a Simón.

Ilustración de L.L.Brooke para
Tom Thumb - Pulgarcito
La última noche no la dormí, la pasé con Lucas en el estudio transfiriendo una enorme cantidad de fotos que había que colgar en una página especial del cliente para almacenarlas, cropeadas en diferentes tamaños, labor de muchísimas horas que no estaba contemplada, para la cual recurrió Lucas a becarios pagados, que por inacabable no le terminaron de hacer el trabajo en el fin de semana que era el plazo, por lo cual nos pusimos nosotros, taza humeante en ayuda, hasta completarlo, felices al alba en que me llevó en moto hasta su casa a recoger el equipaje, acompañándome a pie por las calles aún desiertas hasta la boca de metro que me llevaría al tren.

Es esta ocasión fue Lucas quien más pudo estar conmigo, y lo pasé genial, de lo bien y sostenido que me atendió. Recuerdo otra mágica vez con Simón de jovencito, antes de Inglaterra, cuando fui vía exprés a visitarlo, a aconsejarlo, y se deshizo por tres días en contemplarme. A los padres nos gusta así, que se desarrolle sobre nuestros vástagos la equivalencia. Ambos me llevaron a comer el bocadillo de calamares con pimientos verdes y una caña, que me es de rigor en cada viaje a los madriles. A El Brillante en Atocha en esta oportunidad, a La Campana en la anterior, junto a la Plaza Mayor. Por suerte tengo unos hijos maravillosos que saben cumplir con su mami. 

* IFEMA -  Institución ferial de Madrid
* Parada que desemboca junto al recinto del IFEMA
* Me acabo de enterar y comienzo a descreer en la casualidad de las prodigiosas azarosas uniones, insignificantes puede, a simple vista, pues se me antoja que lo más inconexo, por nimio que pareciere, termina cuadrando siempre en la mente de quién lo elabora.
* Lugar en la red para compartir coche que conecta conductores con plazas disponibles con pasajeros que quieren hacer el mismo viaje.

domingo, 11 de enero de 2015

Imaginando lo peor


Ayer sábado fuimos, mi marido y yo, al pueblo vecino donde se reune con periodicidad un grupo de gente para comentar libros y a donde tiene que ir él en la próxima a hablar de su obra. Sentados en círculo los participantes iban nombrando autores y títulos, contando algunos las tramas, muy interesados todos, ante el despliegue de literarias lecturas hechas o recomendadas, tomadas por los otros con ganas inmediatas de incorporarlas a su bagaje. Yo me aburría. Sin saber si mirar a la calva del de enfrente, a la barba blanca del de su costado, a la rala gris del de más allá, o a la tez del pálido al fondo. A los tintes de ellas, a sus abrigos, a las bufandas, a los zapatos, o a las manos entrecruzadas, ensortijadas, de uñas pintadas de la que tenía al lado. Ahí se me hizo evidente no ser una lectora empedernida, ni siquiera una mediana consumidora de literatura. La más divertida una perrita con pelliza acolchada azul, sentada en su correspondiente silla del ruedo, ojos abiertos y orejas paradas, al tanto a cada segundo de la interesante cháchara. "Si este es el estándar de lector, estamos aviados", pensé con malignidad, pues se trataba de buena gente erudita y se lo estaban pasando la mar de bien. Al acabar se fueron juntos a cenar a una pizzería, y nosotros a celebrar en casa nuestra fiesta preferida. Seguro fueran agradables, el matrimonio que nos invitó, gratísimo de encontrar, aparte en su mayor parte de que sean acérrimos seguidores de lo escrito por mi esposo.

Después de lo acontecido en el hogar mi marido se habrá levantado para quedarse despierto hasta la madrugada, pues a la una de la tarde, cuando me fui a nadar, seguía su figura haciendo bulto en la cama. Nada se movía. Imaginé por un momento que estuviese muerto. Qué susto me iba a pegar. No obstante pensé que era de lo más natural, dentro de sus singulares horarios, y salí de puntillas a la calle. Después del ejercicio, bajo la ducha en el gimnasio, empecé de nuevo a darle vueltas: ¿y si llegaba a casa y lo encontraba aún entre las sábanas, quieto, sin asomo de aliento, tieso al fin?.

La única imagen positiva que me sobrevino fue que quedaría anulada para el resto de la eternidad la posibilidad de que alguna vez descubriera que la maleta de cabina que había desaparecido de la bodega del autocar desde el aeropuerto de Luton, cuando mi hijo Lucas y yo nos apeamos en la parada de Swiss Cottage, al llegar a Londres, en realidad no nos fue sustraída por uno de esos reconocidos granujas británicos, si no que, uno por el otro, mientras rescatábamos de la panza del ómnibus el equipaje mayor se nos olvidó, y una vez percatados, ya este había tomado marcha, con Lucas a la carrera detrás sin lograr alcanzarlo. Cierto es que por más que tratamos, no la recuperamos, con lo cual, a manos de algún sinvergüenzilla aprovechado es que habrá ido a parar.

Porque mi marido se acuerda de todo desde el principio. En cuanto surge un pequeño incómodo fruto de mi distracción, allí se larga con la retahíla. De la tijera que supone se me fue a mi a la basura, hace más de treinta años, de la puerta que dejé sin cerrar al descender de su coche desde mi plaza de acompañante en nuestras primeras veces, del billete, en pesetas, que encontró olvidado dentro de un libro, todo anotado en su memoria, hasta el día de hoy. Cuando por ejemplo amigas profesionales, con trabajos de obligada atención, me han contado de dejarse la tarjeta del banco en la ranura del cajero automático, o extraviado para nunca más volver a localizar el billetero, o las llaves de casa, que eso para mi marido constituiría delito penado con el divorcio, por la inseguridad que le crea. Y que conste que yo tampoco me despisto en el trabajo.

Por lo demás todo tristísimo. Cien por cien comulga mi alma con la suya. Me iba a quedar sin nadie de mi exacta profunda sensibilidad. Tan diferentes y tan cercanos. La única posibilidad entre un número infinito se me dio, o el designio de un dios celestial. Además, ¿quién tiene un marido que le vaya diciendo a diario lo guapa que la encuentra, lo atractiva, lo bonito de su piel, el aroma, vaya, no voy a entrar en intimidades, pero qué mujer tiene un marido que le diga, pasadas unas decenas de años, que le resulta más apetecible hoy que cuando la conoció?. Ni remotas ganas me quedarían de volver a empezar con nadie una vida que jamás estaría a la altura del amor que fue. Basta, me sobrepuse, corta el rollo, me dije, o van a resultar más las lágrimas que el chorro que te está cayendo sobre la cabeza.

De niña ya practiqué esa especie de masoquismo. Cuando le tocaba a mi madre terminaba con los ojos imposibles de salir a la exposición pública, suerte que solía hacerlo en momentos de recogimiento entre las sábanas. Algo así con los hijos sería impensable, imposible de imaginar siquiera por un instante. 

Hablando con mi marido una vez me decía que por supuesto los hijos, aun en la peor relación que puedas tener con ellos, en momentos determinantes pasan por encima de cualquier amor de pareja, aún el más apasionado o crecido en sustancia, y que él me dejaría si en un hipotético caso de película lo eligiera en lugar de a ellos. No te preocupes cariño, le dije, que de tener la amenaza, irías a la pira en menos que cantara un gallo, y espero que tu lo mismo. Queramos o no, los hijos son lo máximo de lo máximo para cualquiera en su sano juicio; es por dictado de la naturaleza que esperamos como principal gracia en la vida tener que aguantarlos hasta nuestro fin.

martes, 6 de enero de 2015

En recuerdo de Shafilea Ahmed y Soraya Manutchehri

Flores Photoshop S,Morell
Mi amiga Carlota me hizo una prueba de actuación, a ver si le serviría para su próximo trabajo, pues la actriz que tenían prevista se quedó embarazada e indispuesta, y la segunda, en principio adecuadísima, falló por la voz al escucharla grabada. Porque parece que cuentan muchos factores y hay que pasar por los aparatos técnicos antes de poder valorar. Me hizo leer, hablar, moverme o jugar a pelota frente a su cámara y recolector de sonido. Carlota prefiere ahora a una no-actriz como personaje conductor de la historia que quiere narrar, busca a una especie de álter ego suyo y por ambos motivos pensó en mí, entre otras, aunque nos parecemos tanto como lo más diferente.

Ella pretende hacer reflexionar sobre el sujeto que propone. Con ello empezamos bien, porque para mí las películas que están hechas con esa intención tienen que ser unas obras maestras del funambulismo artístico para que las encuentre interesantes. Además, por su propósito de abrir las mentes (occidentales) a otras manifestaciones de cultura, tomando su modo de organizarse como una opción a considerar, tan posiblemente adecuada o cuestionable como la nuestra, se trasluce de Carlota una percepción del estado social mundial y una valoración de las fuerzas políticas actuantes apenas  coincidente con mi modo de apreciar. Pero vaya, como actriz, puedo intentar lo que me diga. Ha de ser una experiencia tonificante ponerse a las órdenes de una directora, si al final me llama. Ya le dije: "Ángela, real actriz tendré que hacerme ante tu cámara para poder decir lo que tu quieres que diga pareciendo que salga de mi propia cosecha, pues no cuadra mi mente de cabo a rabo con tu modo de intentar desliar la madeja".

Ella es vecina por elección de un barrio de gran mezcla étnica y cultural. Allí se compró un deteriorado piso con cierta gracia y lo dejó a punto con su estético y funcional criterio de mujer emprendedora y de gusto, quedándoles de revista. Vive con su pareja Isabel. En el barrio acuden al centro cívico de apoyo a las  mujeres para colaborar en la alfabetización en español o catalán de las emigrantes que buscan aprender. Carlota monta además talleres por su cuenta, que igual de bien remodeló un local de su propiedad para esos menesteres, tratando de crean modos de que los chicos de familias venidas de afuera, crecidos y hasta nacidos en las aceras alrededor, se sientan del país, del barrio, e incluso orgullosos de su pertenencia a él. En la consecución de esto último se forjó su anterior film, donde los chicos actuaban de ellos mismos, abriéndose al público, contando sus tribulaciones, cavilaciones y progresos en esa sociedad que no acaban de asumir como propia, o no termina ella de integrarlos como perfecta parte de su entramado.

El nuevo punto de partida para Carlota fue darse cuenta de que tras años de ayudar en el idioma y en lo que fuere de menester en pro de adiestrarlas a moverse en la sociedad donde tienen establecido su hogar, en realidad sabía bien poco de la vida de esas mujeres que acudían, en su mayoría pakistaníes, y decidió investigar, descubriendo que estaban casadas sin excepción, en apariencia satisfechas, por matrimonio concertado. Lo que le dio en reflexionar y se ha convertido en la pregunta de arranque de su proyecto fílmico: ¿Porqué hemos de suponer que un matrimonio por amor, de libre elección tal como se da en nuestra cultura, ha de ser mejor que otros basados en criterios menos románticos, pero quién sabe si en la práctica más o menos efectivos o felices?.

Dice Carlota que he quedado muy graciosa en las pruebas, pero yo me pregunto cómo se puede quedar con gracia tomándose en serio el debate sobre esos temas tan árduos, aunque sea en ficción teatral.

Ella propone un acercamiento, pero yo, fuera del papel que tenga que interpretar, soy tajante en el asunto. ¿Cómo van a ser ellas más felices?. Ni soñando. ¿Porqué hay que evaluarlo diferente, en función de la cultura de donde vengan?. ¿Acaso nuestras morfologías de hembras se han bifurcado hasta tal extremo que no llegamos a tener los mismos esenciales sentires?.  Yo las pienso iguales a mi misma y se acabó.

Por supuesto, si desconoces otro modelo no hay mucho en donde elegir, o si estás bien ligado a la sociedad que te gobierna, o maniatado a ella, es lo más probable que quieras seguir el compás de los demás. Preferible es para la mayoría, hasta que deja de serlo, sentirse parte, antes que mal visto, aislado, repudiado, torturado, o muerto por llevar la contraria.

Carlota, que al vivir con su pareja femenina me temo en Pakistán iría a lo poco simbólicamente a la hoguera por ello, quiere que tomemos en consideración, al menos como un modelo existente y defendible, la idea de la renuncia de antemano a toda pasión sexual en pos de algún beneficio, en potencia a desvelar supongo en el film, según la idea de ella, cuando esas mujeres se expresen ante la cámara. A ver si lo consigue Carlota, que hablen, porque si sale un marido con el grito al cielo, ya veremos dónde va a quedar la intención. O a lo mejor es que el aire de Barcelona obra el milagro de compatibilizar, ojalá, tampoco es que esté yo tan enterada como para saberlo.

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En Pakistán, el noventa por ciento de las mujeres experimenta violencia doméstica según la Comisión de los Derechos Humanos, es decir, ochenta y un millón de almas femeninas, cifra que calculo por regla de tres sobre el total de la población, suponiendo la igual cantidad de ambos sexos que se da en la naturaleza, sin restar el número de niñas eliminadas antes de nacer, o por infanticidio, activo o pasivo, en sus primeros cinco años de vida, como viene sucediendo allí, en la India, en la China, y en otros enclaves ajenos a la cultura occidental. En Pakistán más de mil mujeres al año son víctimas de asesinato "por honor", los contabilizados, otras rociadas con ácido. Se considera el tercer país más peligroso del mundo para las mujeres.
Hasta el Reino Unido llegan los efluvios de esas prácticas bárbaras. He leído algunos casos horripilantes en la prensa británica.

El caso de Shafilea Ahmed



Shafilea Ahmed era en 2003, cuando desapareció, una muchacha de diecisiete años, nacida en Inglaterra, de familia paquistaní, aplicada estudiante que quería ser abogada. Los de su escuela fueron quienes acudieron a la policía tras una semana de no saberse de ella. Se montó un gran dispositivo en el país a fin de encontrarla. Los padres en primera linea implorando angustiados ante las cámaras televisivas por cualquier pista que ayudara a reconducirla al hogar.

Los investigadores se enteraron de que poco antes de la desaparición Shafilea había viajado a Pakistán, donde rechazó a un hombre que le habían arreglado para casarse. Intento suicidio tomando de una botella de lejía, que le produjo graves heridas en la garganta, precisando de constante atención médica en su país al regresar. El padre arguyó que el candidato era optativo y que la chica durante un corte de luz creyó estar sorbiendo zumo de fruta. El factor de que la muchacha cesara en su tratamiento hospitalario, llevó a los detectives a pensar en crimen.

Cinco meses después, en 2004, tras unas grandes inundaciones se descubrió el cadáver en el río Kent, a ciento diez kilómetros de Warrington, su ciudad. Revelándose  que a propósito había sido sumergido. Se confirmó la identidad del cuerpo por alguna joya, un resto de ADN en el fémur de una pierna hallada desmembrada y los empastes dentales reconocidos por su dentista.

La policía puso atención en los poemas que Shafilea escribía, en especial el titulado "Me siento atrapada", donde se reflejaba angustia, describiendo una vida sin esperanza y una familia que la ignoraba. Se supo que debido a las tensiones con ellos se alejó en varias ocasiones de casa. Los padres exigían silencio a los hermanos sobre lo presenciado en el hogar.

Tras haber sido por corto detenidos junto con otros cinco miembros de su extensa familia, los padres de Shafilea fueron puestos en libertad sin cargos.

En 2010 Alesha, una hermana menor de Shafilea, de quince años cuando la desaparición, arregló con unos compinches para que entraran a robar en su casa, estando ella y toda su familia adentro. El trato fue descubierto y ella arrestada. En las dependencias policiales fue que contó que sus padres habían dado muerte a su hermana, por la vergüenza que había traído a la familia al rechazar al hombre acordado para su matrimonio. Asfixiándola, metiéndole unas bolsas de plástico en la boca. Alesha declaró ver salir a su madre de la cocina con varias mantas y sábanas, un rollo de bolsas negras de basura gigantes y cinta adhesiva de embalaje. Luego vio al padre meter en el coche un bulto envuelto en plástico negro, con tiras de ajuste marrones, y partir solo con el vehículo.

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Siguiendo otra información en absoluto relacionada, llegué al mismo tiempo de escribir lo anterior, juro que por el puro arte del encuentro azaroso, hasta la película "The stoning of Soraya M", que encontré para ver en Youtube. Una escalofriante producción norteamericana del 2008, hablada en persa, dirigida por el norteamericano de ascendente iraní Cyrus Nowrastehy. La película está basada en el libro del periodista y corresponsal de guerra iranofrancés "La mujer lapidada", editado en 1990, contando la historia que le sucedió en Irán, mientras recogía información de otros crímenes a través del país, los cometidos por el gobierno contra la comunidad Bahai. Algunos críticos iranies dudaron de la veracidad de lo narrado, más el relato es auténtico, estoy segura. Tal cual dicen los italianos: "se non è vero, è ben trovato". Como para corroborarlo, el libro fue prohibido en Irán.


Historia de la maquinación contra Soraya Manutchehri

Varado en el remoto pueblo iraní de Kuhpayeh, en la provincia de Isfahan, por una avería en el coche, un periodista es abordado por Zahra, una mujer que a escondidas lo hace llegar hasta su patio. Se sientan al fresco y pidiéndole que registre en la grabadora, le cuenta la terrible suerte corrida por su sobrina Soraya, con horroroso final el día anterior, y que explico a continuación.

Ali, el marido de Soraya, tenía planeado casarse de nuevo con una niña de 14 años, por lo cual pretendía el divorcio, consentido por su esposa, que le evitaría de tener que mantener a dos familias o devolver a la familia de Soraya el dowry, la cantidad en propiedades o dinero que tuvieron que pagarle al novio por casarse con su hija. Soraya no consentía, por la seguridad de que si aflojaba iba a quedar sin nada con que alimentar a sus hijas.

Ali apremia al mullah* de la aldea, primero por las buenas y luego bajo amenazas de dar a conocer al pueblo su pasado de convicto, para convencer a Soraya de concederle el divorcio.

El nuevo matrimonio de Ali con la adolescente estaba condicionado a la influencia de Ali para salvar al padre de la niña, un médico que había sido condenado a muerte por un delito.

El mullah visita a Soraya y le propone matrimonio temporal con él, a cambio de protección y apoyo monetario para ella y sus niñas, el llamado Sigeh, que puede durar de algunos minutos a noventa y nueve años; sexo eventual bendecido por la ley, que  ella rechaza, alentada por su tia Zahra.

Ali y Soraya tienen cuatro hijos. Los dos varones predispuestos en contra de la madre por el padre, quién proyecta llevárselos consigo a la ciudad.

En otro hogar del pueblo fallece una mujer, bien querida por su esposo. El mullah, el alcalde, y Ali le piden a Zahra que convenza a su sobrina de auxiliar en las tareas al reciente viudo y a su hijo adolescente. Zahra sugiere que Soraya puede hacerlo a cambio de una paga. Soraya comienza a trabajar arreglando la casa y cocinando para ellos. El hombre es amable y ella se siente tranquila.

Ali ve, a través de una ventana abierta, como las manos de su esposa y las del pobre viudo se acercan, casi rozan, en tanto ella le alcanza al hombre un objeto. Entonces comienza a rumiar una idea. Si ella es acusada de infiel, será apedreada y él podrá volver a casarse, quedando exento de procurar por las hijas. Se reunen los importantes hombres, sin nada que hacer en la aldea, y confabulan. Ali y el mullah tejen habladuría sobre la infidelidad de Soraya para que puedan acusarla de adulterio. Zahra, en su caminar por el pueblo, se percata con horror de que un rumor se ha esparcido, en extremo peligroso para su sobrina.

Ali, el mullah y el alcalde necesitan un testigo, dos en total, para poder acusar formalmente a Soraya de infidelidad. Visitan al viudo y lo amenazan para que acceda a respaldar su historia. Ali arrastra a Soraya por las calles, golpeándola y bramando que ella le ha sido infiel. Zahra interviene y toma a su sobrina, resguardándola en su casa. El viudo asiente a mentir. El alcalde, el mulah y Alí preparan el juicio. Para quedar librada Soraya debería probar su inocencia. Los hombres entran a deliberar, entre ellos el padre de Soraya. Pronto es condenada. La tía intenta huir con ella, más al verlo imposible, suplica al alcalde, su antiguo amigo, por la vida de Soraya, e incluso se ofrece a cambio para el martirio.

Llega la ejecución, larga, espantosa de ver. El padre, los hijos, el marido, el viudo, la turbia cruel masa, cada cual con su piedra, hasta rematar la faena. Luego el cuerpo abandonado a la nada, rematado por los perros.

Coincidiendo con el fin del relato, el viudo, de oficio mecánico, viene al encuentro del periodista a informarle de que su coche ya está listo.

Entretanto Ali se entera de que no es posible su nuevo casamiento, dado que el padre de la adolescente con la que proyectaba casarse ha sido ejecutado.

Cuando el periodista está por irse, una guardia de hombres armados a orden del mullah intenta detenerlo. Le arrancan la grabadora y destruyen la cinta. Están a punto de liquidarlo, pero consigue zafarse. Zahra y el periodista habían previsto la situación. El registro auténtico parte a salvo  junto al periodista en otro casete.

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¡Oh Dios mio!. Si me llama Carlota le voy a decir que lo he repensado. Ella me cogió por sorpresa un día en el patio de mi casa, la de nuestro pueblo en común, viniendo a hacerme la prueba para un proyecto del que no me habló ni gota de qué iba, y claro, de entrada, la sola idea de ponerme ante una cámara a tratar de actuar, pues la verdad, ni siquiera me planteé del tema, era atractivo, pero vaya, ahora lo tengo claro, por más sugestivo que se me presente lo de estar ahí moviéndose y que te graben, por más bien que pudiera resultar en pantalla, le voy a decir a Carlota que gracias, que lo siento, pero que no puedo permitirme hacerlo.


*Profesor o líder religioso

viernes, 2 de enero de 2015

Carry on failing o Historia de Mr James Dyson

Esquema de un ciclón
inglés
Lo útil a extraer de la experiencia de Mr. Dyson


"Acerca de los inventores existe el mito de que solo es necesaria una buena idea para hacer una fortuna con ella, pero en la vida práctica no funciona de este modo. Tu empiezas con un problema que tratas de solucionar. Construyes prototipos, cientos, miles. Con frecuencia la idea y los problemas que se plantean al inicio van transfigurándose paso a paso hasta resultar bien diferentes al final de lo que eran en un principio. Al margen de cualquier definición, lo importante es el camino, de etapa a etapa, de prototipo a prototipo. Durante el proceso llegas a multitud de fallos o se presentan contratiempos y cada revés es nuevo punto de arranque, pues cuando algo funciona mal te das cuenta de porque lo hace y empiezas a pensar en ideas o maneras  para solucionar ese problema, entonces lo útil a extraer de mi experiencia sería "continúa fallando, eso funciona"", dijo en alguna entrevista James Dyson, según versión de S.M.


Mi experiencia con Dyson

Tuve un aspirador Dyson DC05 del que estaba literalmente enamorada. Nunca me falló en catorce años. Las dos únicas veces que un achaque interrumpió su excelente labor de ayuda, llamé al servicio técnico que de un modo simple, rápido y efectivo me lo volvió a poner en marcha. Hasta que como a todos, antes de que se logre la inmortalidad, le llegó su término en esta tierra por la variante de los viejos de fundirsele el motor. Me pregunto cómo podía pasar antes sin él, con alfombras y tanto animal. Aunque no era necesario que se fuera al cielo de las maquinarias para darme cuenta del aprecio que le tenía, así era que lo llenaba de simbólicos besos cada vez que lo sacaba. Si bien el DC05 forma parte ya de mi historia, tuve que movilizarme rápido para conseguir cuanto antes otro de parecido tallaje moral, es decir, grande en facilitarle la existencia a otros, pues en el interín conté con unos sustitutos que exasperaban mi ánimo, peor que de juguete barato, difícil de entender su nula capacidad.

Entonces fui a la casa de mi madre y aprovechando la visita de mi hermano Mateo nos sentamos los dos frente el ordenador a tratar de comprar en la tienda virtual Dyson. Al final él me lo regaló. Un aspirador de trineo sin bolsa y sin filtro que extraer, mi flamante DC52 con parte color mostaza. Gracias hermanito. Fue casualidad y bien oportuno que en esos días de manejar a los inútiles me llegara de  Dyson un email con el código para un considerable descuento a sus antiguos clientes en sus compras por motivo de la inauguración de su tienda en linea en España.

Esquema de un ciclón español
Historia de Mr. James Dyson

El inventor, diseñador industrial y emprendedor James Dyson, antes de ser incluido y definido en la Wikipedia de este modo, se hallaba allá por 1979 contrariado al constatar como su aspirador doméstico Hoober* perdía  succión a la que un mínimo de polvo se juntaba en la bolsa recogedora, pues en su embocadura y paredes se acumulaban las partículas que obturaban el paso de la nueva suciedad hasta ese depósito descartable. Desmontó entonces el electrodoméstico para ver de ingeniárselas de un modo más efectivo. A la vez por azar acudió a un almacén de maderas a comprar restos secos para la lumbre, donde observó a los gigantes ciclones de casi diez metros de altura con sus bocas extractoras instaladas por encima de las maquinarias a fin de capturar el serrín, separarlo del aire y llevarlo afuera. Ahí se le encendió una luz y corrió a reproducir en cartón y tamaño reducido uno de esos conos que instaló en reemplazo de la bolsa en su pequeña Hoober*, dando inicio a su carrera en pos de lograr el eficiente aparato que funcionara con su idea.
Cinco años después, financiada en parte la labor con el sueldo de su esposa profesora de arte, dio en tener listo para sacar al mercado un nuevo concepto de aspirador, sin bolsa y de más potente succión.
Invento que por más que peregrinó ningún fabricante de los existentes quiso considerar en serio, tomado incluso a risa por la empresa Hoober. Entre las razones del rechazo, la ominosa probable contingencia de que su manufacturación y éxito pudiera desbaratar en proporción inversa a la industria montada en torno a las exclusivas y costosas bolsas de recambio, que tan alargado y lucrativo negocio les tenía asegurado.

Tras algunos intentos fallidos de comercializarlo por su cuenta, encontró James Dyson una compañía dispuesta a comprarle la licencia, la japonesa Apex Inc., que lo fabricó y empezó a vender en Japón en 1986. En la más amante y avanzada de las sociedades en artefactos de alta tecnología resultó un acierto la apuesta por ese curioso aspirador, de nombre G-Force, con un exterior rosa flamingo nunca visto en electrodoméstico. Su exoticidad unida a sus impresionantes prestaciones y a su costoso precio lo elevaron a objeto de codicia, señal de status. En 1991 ganó premio en la Internacional Feria de Diseño celebrada en Tokio.

Pasado el período de ir puerta por puerta de los grandes fabricantes escuchando entre los argumentos en contra que no podían tomar el ingenio por provenir de un desconocido, James Dyson maduró que justo podría transformar ese punto flaco en su más fuerte. Asociaría su nombre a una identidad comercial que se labraría por su cuenta y con el tiempo la gente preferiría comprar algo hecho por un emprendedor con su impulso que el producto de una gran compañía con su reconocida marca al fin y al cabo impersonal.

"Mi vida y mi día a día están llenos de fracasos", dice James Dyson según S.M., "cada fracaso te ayuda a mejorar, te hace descartar, te aligera, te abre a una nueva oportunidad", "confía en tu criterio, presta oídos sordos al vulgo detractor de tus extraordinarias ideas, incentívate a ti mismo para llevarlas adelante y déjate aconsejar solo por los que creen en tus posibilidades". El ánimo investigativo le venía a James Dyson desde siempre. Sus hermanos también eran creativos. En la escuela de diseño ideó y llegó a fabricarse una especie de lancha recoge embarcaciones y antes de enervarse con el problema doméstico de su aspirador convencional, se encontró con la incomodidad de la carretilla de obra, fácil de tumbarse y hundiéndose en el fango, por lo cual pensó en recrearla, más ancha de patas, en plástico o fibra de vidrio y con bola neumática en lugar de rueda.

Ciclón industrial
Circula otra versión del momento inspiracional para el revolucionario aspirador. Cuenta que James Dyson se encontraba en el taller de la empresa que tenía con otros socios tratando de encontrarle mejor solución a la recogida de las partículas diseminadas en el aire durante el proceso de cromado de los caños de la carretilla de bola,  la Ballbarrow* de su invención, cuando alguien le pasó el dato de que en los aserraderos usaban ciclones industriales para limpiar el ambiente de micro virutas. Allí se fue, a un polígono cercano, a observar y tomar apuntes, desde afuera, desde adentro, metiéndose sin nadie que lo viera, a estudiar esos espacios conoidales en cuyos senos se producían las fuerzas centrífugas que disparaban los corpúsculos en dirección contraria al aire liberado de ellos, que bien alumbró podría él aprovechar en reducido para separar el polvo sin opturar en la máquina de sus pensamientos. Por lo pronto corrió a implementar los ciclones en sus talleres para la Ballbarrow.

Tras catorce años y 5.127 prototipos James Dyson sacó al mercado en el Reino Unido la primera aspiradora de doble ciclón con su propio nombre, la Dyson DC01, fabricada en sus propias instalaciones, que al igual que su centro de investigación pudieron pasar de sueño a chapa y cristal en naves ancladas en terrenos de Malmesbury, próximos a Bristol y Bath, gracias a las regalías del Japón. James Dyson fundó su propia compañía, Dyson Ltd. en 1993.

El mercado se le resistía al principio en su país. El reclamo de mayor succión sin pérdida de eficacia era frío y quedaba corto entre los potenciales clientes como para incitarlos a adquirir una marca desconocida. El toque caliente llegó con un spot en televisión que con su eslogan "Diga adiós a la bolsa" dio en el blanco del ánimo adquisitivo general y lo que venía siendo un goteo de ventas pasó a dispararse logrando en el país de los suelos enmoquetados un crecimiento nunca visto en aspiradores, convirtiéndose en año y medio en la marca más vendida en Gran Bretaña. Cuando en 2002 lanzó su producto en los Estados Unidos fue un éxito inmediato. En tres años logró copar un veinte por ciento del mercado en cuanto a unidades vendidas. En lo que hace a valor de negocio pasó a firma líder.

"La mayoría de la gente sigue el camino lógico, pero a mi me gusta pensar en manera opuesta a la convencional para hacer algo, coger la supuesta vía errónea de pensamiento, que conduce a un diferente canal exploratorio y a lo nuevo encontrado que pueda surgir de ahí", se expresaba James Dyson, en una entrevista, según traduce e interpreta S.M. de lo entendido y transcrito por el periodista.


La noticia de ayer en el diario El País es que tras su reciente adquisición en la campiña británica Sir James Dyson, se ha convertido en el ente jurídico individual poseedor de mayor cantidad de tierras en Inglaterra, por encima de los grandes nombres de la aristocracia terrateniente, incluida la Reina Isabel II, la misma que en 1997 lo condecoró con la Cruz de Comendador de la Orden del Imperio Británico.


James Dyson registra a cada paso una patente a su nombre, o al de la compañía de su exclusiva propiedad, tiene unas dos mil sacadas hasta ahora en el Reino Unido. Le quedó de su experiencia con la Ballbarrow, cuya patente registró a nombre de la sociedad compartida, y cuando fue sacado por sus socios de ella, se quedó sin los derechos, con lo cual voló lejos de su propiedad su invento. En 1986 registró su primera patente en los Estados Unidos. Hay que tener cuidado, por lo visto a cualquiera con algo de idea le puede surgir una patada desde su propia casa. 

En la actualidad está presente su compañía en más de 65 países. Ha puesto en el mercado el ventilador sin aspas, el secador instantáneo de manos, el calefactor de aire sin partes calientes, o mi actual aspirador, recomendado su precedente por mi bien inglesa amiga Alison, allá por los tiempos en que en España la marca estaba aún por ganarse un nombre. Y siguen sus ingenieros, más de 1.000, investigando para el desarrollo de emocionantes nuevos proyectos. En 2002 instauró un premio en apoyo a la inventiva de los jóvenes ingenieros y diseñadores, James Dyson apoya a las nuevas generaciones en el diseño, la ingeniería, la invención y la innovación, áreas que cree fundamentales para que el progreso de su país; en 2002 instituyó un premio para ello, así como planificado acciones en escuelas industriales o de primera enseñanza. También ha creado polémica, por sus opiniones con respecto a la unión europea, o al trasladar la manufactura de sus electrodomésticos a Malasia. Ha entrado en juicios por patentes... En fin, para mayor información invito a investigar por cuenta propia.

*Hoober es una marca de aspiradores que de tan popular extendió su nombre, entre otras acepciones, a nominar a la acción de aspirar en general; algo así como Minipimer o Túrmix en España pasaron de marca a nombrar al genérico triturador manual de cocina.
* Ballbarrow es el nombre dado a la carretilla de bola neumática invento de Dyson. Siendo que es nombrada en inglés wheelbarrow la carretilla normal de rueda.

domingo, 28 de diciembre de 2014

El color del avance

Da Giorgio, qualita alla tavola
En estos días de Navidad uno se entera de cosas. Respecto a las andaduras vitales de hijos y sobrinos, vino mi madre a decir que con mi comportamiento abrí, más que una brecha estrecha, una autopista de ocho carriles para los que venían detrás. En cierto modo me causó extrañeza la apreciación, pues yo nunca he creído estar haciendo algo rompedor de lo establecido.

Sí recuerdo una vez en Barcelona, en el escaparate de una pequeña zapatería al otro lado de la plaza donde se sitúa Da Giorgio, la tienda gourmet de pasta fresca y productos italianos esquina con la Avenida de Sarrià, por la misma década inaugurada y grata de saberla allí, llenarme de efervescencia a la vista de una cantidad de sandalias idénticas en una explosión de colores que rompía el espectro de lo que llevaba visto en la vida en cuestión de calzado. Tal despliegue encajaba de lleno con algo indefinido que andaba buscando. Descubrirlos en ese arrinconado comercio me produjo una sensación de libertad desproporcional en apariencia al motivo de su causa. La anécdota es que me compré dos pares, pues encima estaban a buen precio.

Tiempo adelante Pepe Barroso me procuró el segundo asombro al ver plasmado en establecimiento específico lo que llevaba por largo pensando porqué no existiría. Camisetas en punto de algodón, de colores mil, con motivos estampados y bonitas formas para chica, o vestidos de lo mismo. La primera tienda "Don Algodón" la abrió Pepe Barroso a los dieciocho años en un local de treinta y dos metros cuadrados en la Calle Claudio Coello de Madrid, allá por 1980. Llegarían a Barcelona un rato más tarde. Avisté la primera a través de los cristales de un autobús urbano en marcha. No compré en ella, pasaba por su frente a menudo de largo, pero la sola idea de su existencia me daba alas. El empresario empezó a los dieciséis años vendiendo camisetas a sus compañeros de instituto. Estaría en el aire la idea.

Ya de niña volví loca a mi tía Elvira buscando por toda Barcelona una de esas, en tono brillante, con corte que me quedara bien al cuerpo y algún motivo estampado en el frente. Tres días tardamos en dar con la amarilla pintada a mano que se acercaba en algo a lo que tenía in mente. En el rastreado de boutiques infantiles fue que nos topamos en las Ramblas con el escritor Gabriel García Márquez y su mujer Mercedes Barcha, habituales del día a día de mi tía, y con los que nos detuvimos a saludar.

Leí en "Aquellos años del Boom", la magnífica obra de casi novecientas páginas sin poder soltarse del periodista Xavi Ayén refiriendo los años entre 1967 y 1976 en que autores sudamericanos aterrizaron en Barcelona, en un ambiente que empezaba a aflojarse de la dictadura franquista, donde al empuje de editores y agentes literarios cuajó una revolución en el panorama de las letras hispánicas que irradió a todo el mundo, pues leí como Gonzalo Garcia Barcha, hijo de Gabriel García Marquez, llegado con sus padres y hermano en el 67, viviendo parte de infancia y su adolescencia en la ciudad, contaba tener a Barcelona en el recuerdo pintada en claroscuro y como le sorprendió encontrarla alegre, juguetona, en estallido de color al volver a ella en el año de las Olimpíadas 1992.

Calculando que Gonzalo García Barcha vivió en la privilegiada parte alta de la ciudad, la más viajera, la más cosmopolita, por tanto, la más en vivo tono que pudiera darse, es de pensar que lo que me venía ocurriendo a mí, de andar a la espera de algo más vibrante, y de tomarlo al vuelo cuando apareció, le estaba sucediendo a la mayoría, a quienes tarde o temprano, o de modo paulatino se les presentó el tiempo de dar el cambiazo.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Leggins

Delia, la super profe - dibujo Photoshop S. M.
Una vez aparecí en la casa de la playa con unos leggings negros hasta el tobillo y encima una camisa holgada que me tapaba hasta por debajo del trasero. Mi madre no me comentó del atuendo, algo que me llamó la atención, pues hubiera sido su natural decirme si le gustaba más o menos. Luego de treinta y pico de años vengo a enterarme de que les resultó absolutamente turbador, extremadamente provocativo por lo ajustado. cuando ahora esas mismas mallas son el recurso de cualquier mujer para andar cómoda por casa o en la calle, sin soliviantar el ánimo de nadie. Claro que al lucirlos con tacones pasan de automático a otra más apasionante categoría, pero esa es ya la condición del tacón, elevar en todos los sentidos, con independencia del resto de la indumentaria. Descubría a la vez mi familia, por lo descolorido de la braga del bikini en relación al sujetador, que en otras arenas me bañaba en top-less, pues por lo visto no me funcionó lo de igualar el tono tendiendo en la soga al sol por separado la parte de arriba. Los leggings eran en realidad como un maillot de cuerpo entero. Por la misma época los usé en Brasil sin cubrimientos, con una magnífica sensación que experimentaba, de andar al aire mostrando curvas y sacando pecho, tan natural como cualquiera de los que veía por la calle. Ahora salgo de casa hacia el gimnasio ceñida de arriba abajo de la misma manera, y si necesito paso por el supermercado, y de lo más que se le podría ocurrir a alguien clasificarme es de deportista. Aunque en Manaos me topé con una mujer que me tachó a los gritos de puerca por usar unas bermudas. En mitad de la selva, unas bermudas de estampado tropical*. Por cierto que este tipo de pantalón a media pierna, tampoco era cien por cien apto para usarse en ciudad, en Barcelona así lo recuerdo, tuve un traje de chaqueta sahariano con el cual me daba cierto reparo salir a la calle al principio. Pero es que ha pasado mucho tiempo desde todo eso, y también se han descontraido los códigos de vestimenta en general en el globo, excepto para las que tienen que ir cubriéndose cada vez más.

*Mi madre y mi tía las confeccionaron, para todas las primas bajo el mismo patrón, lo último en moda que les vi coser. De los retazos sobrantes fue que les hice años después los taparrabos a mis hijos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Buenas Fiestas

Dani, el profe de Zumba
Dibujo photoshop S.M
El hijo mayor de mi marido, hartó del suelo duro de la ciudad, se largó a comprarse un velero desde dónde pilotar su negocio a la vez que navegar cruzando los continentes. Hoy hace un año que hicieron la mudanza, él y su mujer, hacia la Manga del Mar Menor, instalándose en su morada flotante en el Puerto Deportivo Tomás Maestre, donde nos juntamos el resto de la familia para celebrar el Fin de Año. 

Para las fechas en que nació nuestro primer vástago, Daniel, ese hijo anterior de mi marido y su ex mujer, se vino desde la Argentina a residir a España, dónde trabajó al principio como ayudante de fotógrafo para un amigo nuestro publicista, en un plató de ese Madrid que tras veinticinco años dedicado a montar su propio chiringuito, y con la empresa en plena expansión, decidió cambiar por allende los mares. 

Para fin de año Daniel nos alquiló un apartamento al costado del barco, en esa franja habitada por fantasmagóricos edificios, si es que no fueran de real cemento, dando a los dos mares, con el encanto de lo desierto en invierno, y nosotros correspondimos con un guiso de lentejas pardinas para la entrada en el dos mil catorce; con exquisitos entrantes adquiridos por mis hijos en un perfectamente surtido gran supermercado de El Corte Inglés, total vacío de clientes en horas previas a las campanadas, en las que por supuesto nosotros enviamos a cada clong la correspondiente uva a nuestro gaznate, doce, con brindis de cava y besos al acabar, para desearnos lo mejor. Luego me enteré que es tradición italiana, la de comer lentejas para recibir el nuevo año, con lo cual acabé de satisfacerme, no obstante mi marido comentara, que en adelante, aun en diario, quisiera evitar de comer otro plato de esas.

Daniel y Karina quieren irse a dar la vuelta al mundo, pero de momento, en un año, han hecho el recorrido desde su puerto inicial, en la provincia de Murcia, hasta el de nuestro pueblo, en la de Barcelona, donde lo han tenido en dique seco, o en pantalán amarrado, hasta que acaben con las reformas que le están haciendo. Total que los tenemos a dos millas terrestres de casa, o bien metidos en ella, y la mitad de equipos de la productora de vídeo y fotografía aquí, si extiendo el brazo los puedo tocar, abultando en la habitación dónde ahora mismo estoy escribiendo. 

Curiosidades de la vida, en estas fiestas, son mis hijos madrileños, Lucas y Simón, los que van a tener que venirse para acá, para estar con la abuela y gran familia en Nochebuena. Nochevieja se supone que en casa, con la original que hemos formado.

¡Buenas Fiestas a todos!

viernes, 5 de diciembre de 2014

Tai


Dibujo en Illustrator por S. Morell
La otra semana vinieron unos niños a comer, hijos de un escritor y su mujer bailarina y coreógrafa de danza, invitada la familia a mediodía a casa, y nosotros no sabíamos que iba a pasar entre los críos y Tai. 

El resultado fue que sin estar los pequeños habituados al trato con perros y con los colmillos de Tai a la altura de su barbilla y ombligo, se divirtieron los tres por igual, durante el largo tiempo que duró la sobremesa, con una simple pelota de tenis, sin requerir de sus papás, ni nuestro adoptado cuadrúpedo de los suyos, hasta caer rendidos los cachorros humanos de tanta actividad excepcional.

Tai es un mal criado. Cuando vivíamos en Inglaterra nuestro hijo menor lo trajo con ocho semanas de edad para acompañarlo en casa, donde Simón vivía a sus anchas solo, acostumbrándolo incluso a dormir entre sus sábanas. Ahora Simón vive en Madrid y lo mentamos con reniego, a él y a la madre que lo trajo al mundo, cada vez que su animal, a la fuerza prohijado por nosotros, se pone con la exigencia de no saber qué hacer, a querer estar adentro, a querer estar afuera, a pedir que le juegues, que lo saques de paseo, a ladrar hasta hartar al vecino, y a tirarse unos pedos que te tumban del mal olor, a veces.

Le cocino casero, arroz con pollo y zanahoria mezclado con pienso mataperros. Acortavidas o mataperros, eso leí en Internet que eran mis croquetas de marca blanca compradas en el super de confianza. Me alarmé, busqué otras. Será una exageración, media España perruna estaría ya enterrada, pensé al cabo. Con todo, acompañadas del manjar que le preparo, serán menos letales, y eso sí, asegurado, la manera de que camufladas terminen formando parte de su dieta. Desde que resolví la cuestión, luce peso justo y pelo brillantísimo, avivado y favorecido por los collares de lona plástica comprados en los chinos, primero amarillo, luego rojo y en el presente ultramar.

Tai es un encanto. Simpático, inteligente, delicado en el sentido de fino, atento, considerado y sensible. Es el mejor perro que hemos tenido, con perdón de los demás, que también eran muy buenos. Tan inteligente que se aburre. Eso me inquieta. Maldita la vida de un perro domesticado. Me estoy planteando si es de recibo que los humanos los tengamos a nuestro encanto sometidos,  sin nada más que hacer que esperar a que sus seres queridos vuelvan al hogar y les haga caso; y eso que el nuestro es un privilegiado, con continua compañía y un lujo de servicio que ni los de la Reina Sofía de España, o los Corgies de Isabel II de Inglaterra.

Lo saco por la mañana temprano. Una vez internados en el bosque, lo dejo suelto. Es agradable ver como disfruta corriendo, yendo y viniendo a su aire. Su agilidad, rapidez y pericia para alcanzar los segmentos de rama seca que le lanzo son increíbles. Treinta, cuarenta veces de ir y venir, así podríamos pasar el día entero según su apetencia. Lo hago para que gaste energía y me deje luego continuar con los demás quehaceres sin la percusión encima de su mirada implorante.

En estos días me estoy recomponiendo. Llevamos tres sin el paseo habitual. Ha sucedido varias veces. Que se echa sobre otro macho, o empieza el otro sobre él. Se encuentran. Se huelen o no se huelen. En algún momento, de repente, parece que se van a matar. A degollarse a dentelladas. Emitiendo unos amedrentadores guturales sonidos. El otro humano grita. Yo grito. Esa instantánea natural expresión, tan contraproducente, según el sentido común y la sapiencia de los acostumbrados. Tratamos de separarlos. Al poco, como por resolución de prestidigitador, quedan desligados y sin ánimo de volver a enzarzarse. Tranquilos. Los sujetamos. Cada uno de su correa al collar. Palpamos a nuestros respectivos. Babeados. Parece que no ha pasado nada. Tan solo tirados de los pelos en la reyerta. Mi perro vuelve a casa cabizbajo. Su paseadora con el ánimo encogido y nulas ganas de volver a sacarlo.

Hay un boxer en la urbanización que con su careto de cascarrabias es odiado por todos los demás caninos a mil leguas alrededor. Ya me advirtió, recién llegada de Cambridge, el vecino de la chica inglesa que falleció, que a su husky lo atacó de pleno, con mordida incisiva y todo. Pues a ese boxer se le tiró Tai, en su primera acción de macho, y vino su dueña, una histérica holandesa, también conocida en cuatro mil leguas a la redonda por sus excesos poco humorísticos, con la factura del veterinario y amenazas de acudir a la policía, sin un rasguño que hubiera, o punto de sutura sobre su can. Pero eso sucedió en el asfalto, y ya lleva el asunto largo tiempo solucionado.

Debería en adelante llevar a Tai atado en toda ocasión. Esto me fastidia de lo lindo. En el noventa por ciento de los casos hacemos el recorrido sin encontrar un alma. En un nueve por ciento nos cruzamos con paseantes y sus perros que entran en amistad. Maldigo ese mínimo del encontronazo.

Habría que castrarlo. Me asciende un ligero escalofrío por mis partes correspondientes al pensarlo. Mi marido y Simón se lo deben de imaginar bastante más acercado a su propia anatomía. Dicen en veterinarios y protectoras que es una medida conveniente, e incluso beneficiosa a la larga para evitar tumores malignos. Hace tiempo que lo estamos valoramos.

Entre los que me encuentro por el bosque con perros o sin ellos, aun sin consultarles, recojo opiniones encontradas. Si llevo a Tai atado, que mejor libre. Si lo llevo suelto, que mejor sujeto de la cadena. Hay empate. Coinciden sin embargo en que castrar es una magnífica opción que favorece a todos. Incluso evitaríamos que se escape de casa cuando los efluvios de sus pares en celo llaman a las puertas, que cruce la carretera en su búsqueda, aunque últimamente parece haber entendido, que tras la pretendida jodienda llega la reprimenda, y se queda.

Ya se lo vengo diciendo a mi hijo, que ahorre.

Lo paradójico es que Simón está ahora en Madrid conviviendo con los dos perros de su novia. Unos plomazos, según él, faltos de la listeza y otras magníficas características del suyo. En atención a lo cual los tiene que aguantar,  queriéndolos más o menos, por amor a ella.