lunes, 6 de septiembre de 2010

Emigrantes

Monika es una chica guapa. Es rubia, de lacia melena y cuerpo delgado y curvilíneo. Pero lleva siempre su cabello recogido a la nuca en una coleta y viste pantalones de chandal que ocultan sus formas. Trabaja limpiando casas particulares y sigue limpiando la suya propia al llegar. Antes de ayer se fue con Sewerynn a Londres a pasar el día; lleva cuatro años aquí y nunca antes la habían visitado. Ella dice que es porque no ha dejado de trabajar desde el día en que llegó. Ahora esta cansada. Me muestra un álbum de fotos sacadas un tiempo atrás y suspira al observarse en las imágenes, más fresca, más joven y más luminosa. Ella se sacó la carrera en Polonia trabajando y estudiando a la vez. Le gustaría convalidar asignaturas aquí y seguir estudiando para conseguir la licenciatura británica. Para eso necesita dominar mejor el idioma. Debería asistir a clases, pero no tiene tiempo.
Ayer por la noche se acostaron temprano. Ya era tarde cuando bajé a la cocina y me la encontré sentada en el sofá, encogida dentro de su albornoz, tomándose una copa de vino y vagando por la red.  No podía dormir.
Esta mañana me ha comentado que siente que necesita cambiar de trabajo. Menos mal, pensé, esta chica está despertando.

En el tiempo del descanso he salido al jardín  y allí estaban sentadas junto a la mesa de madera Agneska y otra mujer. Es una huésped del Hostel y es húngara. Nos hemos puesto a charlar. Ella se ha venido a Cambridge en busca de trabajo. Qué tipo de trabajo, le pregunta Agneska. Limpiadora, que va a ser, dice, y pone cara de resignación. También es una mujer guapa, tendrá unos cuarenta años y viste buena ropa. Habla inglés mucho mejor que yo. Dentro de una semana llegará mi hija, comenta. Qué edad tiene tu hija, le pregunto. Catorce.  Le digo que mi hijo de diecinueve también está a punto de llegar.
Noto que me observa, me estará calibrando la edad y comparándose. Agnesca juega en otra liga, ella tendrá unos veintitantos y lo que más le apetece en estos momentos es quedarse sentada con su novio hasta tarde en la noche tomándose unas cervezas en el patio trasero de su casa.
Esta mujer húngara tiene un aire muy triste, y una mirada medio perdida. Yo en mi país era maestra, dice, y mira ahora. He tenido un trabajo durante dos semanas, pero me pagaban poco. Tendría que haber trabajado muchas horas para poder pagar el alquiler de una habitación, y la comida;  y se ensimisma en sus cálculos monetarios.
Lo que pensaba mientras la escuchaba hablar es que,  si todas las emigrantes en búsqueda de trabajo aquí tuvieran esos ánimos, yo tendría ganada de antemano la plaza de limpiadora en cualquier universidad.

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