domingo, 19 de septiembre de 2010

La secta



York Street - S.M.
 Tengo que darte una noticia, dice mi marido.
¿Buena o mala?, le digo.
Ni buena, ni mala, indiferente, me contesta. 
La noticia que me ha dado es que ha muerto Nilo. Nilo era el jefe de la secta en la que ambos estuvimos militando durante largos años y en la cual nos conocimos.
Me pregunto qué harán ahora sus adeptos sin un guía que los oriente. Hay gente que lleva ahí toda una vida, siempre a la espera de las palabras del Maestro, y ahora de repente el hombre se esfuma y los deja aquí tirados, sin que tengan la autonomía suficiente para maniobrar en este mundo cambiante. Ha de resultarles un tanto angustioso; o a lo mejor sucede que, a fin de cuentas, esto los libera de una vez.
Es increíble como pueden llegar a cambiar los intereses o los valores de cada uno a lo largo de la vida. Con la noticia me  ha venido a la memoria  una tarde-noche en Madrid en el otoño de hará unos veinticinco años. Mi marido y yo teníamos alquilado en ese entonces un apartamento en la calle Cartagena, cerca del mercado de Prosperidad. Habíamos montados en la capital de España nuestro pequeño negocio para ganarnos la vida y además yo dedicaba gran parte de mi energía a expandir la causa de Nilo, y mi causa en ese momento, por la ciudad. Mi marido viajaba con frecuencia a Barcelona, porque en el organigrama de la secta él era más jefe que yo, e iba a visitar al resto de la estructura que teníamos en Barcelona.
Una tarde de otoño llegó él de la ciudad condal acompañado por el Maestro, que había venido de tournée por España para visitar las sedes de su organización. Entraron en el pequeño apartamento nuestro a dejar unos papeles, yo estaba allí sola. El Maestro casi ni se dignó en saludarme y siguíó con la perorata que le estaba largando a mi marido. Antes de que volvieran a salir a la calle mi marido se me acercó y en voz baja me dijo que, como Nilo estaba un poco resfriado, este le había pedido si era posible tomarse más tarde un caldito; y mi marido me pasó el encargo.
No le iba a dar a mi Maestro un caldo de pastilla, y en ese momento no existían los de tetra-brick, así que me entraron sudores pensando de qué manera le iba a preparar la sopita siendo que no tenía olla, ni tiempo. Ni hierbas, ni huesos, y que a esas horas las tiendas ya estaban por cerrar. No era un sudor normal, la presencia del Maestro en mi casa me estaba alterando. Conseguí mi objetivo y esperé sentada con el caldo su llegada; pero al final se quedaron tomando algo por ahí y no regresaron.
Años y años a su disposición, dedicando mi vida entera al  crecimiento de su secta, y ahora se muere y no siento nada de nada.

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