sábado, 16 de febrero de 2013

¿Esperanza rota?

Fotografía de Joel Meyerowitz
Con motivo de una retrospectiva sobre su obra escuché decirle al fotógrafo neoyorquino Joel Meyerowitz que echando la vista sobre sus cincuenta años de trabajo encontraba un consistente hilo conductor entre la persona que era y la que ha llegado a ser, desde la inocencia con que abordaba sus primeras instantáneas hasta el cierto grado de conocimiento que su servicio a la fotografía le había otorgado.
A parte del gran fotógrafo que es me llamó la atención esa observación que él hacia, porque justo estaba dándole vueltas a algo parecido.
Con respecto a mi recorrido estaba pensando que no debía quejarme, pues en esencia había hecho siempre lo que había querido, yendo por la determinada línea que me había buscado, sin sufrir presión externa alguna, y si observaba desde mi más tierna infancia una constante de actividad física en principio bien alejada del glamour que soñaba, pues debería reconocer que algún favor me estaría concediendo la tarea, a no ser que me considerara una masoquista.
De cualquier manera lo que ahora debería hacer es aparcar los sueños por un rato y ponerme a solucionar el día a día. Lo estaba demorando, pero he resuelto que comienzo la semana viniente. Voy a dedicarme a aprender a hacer retoque fotográfico. Mi hijo Lucas en Madrid dice que si adquiero la habilidad podría proporcionarme bastante trabajo para hacer en casa. 
Eso conlleva la contradicción de saber que entre cuatro paredes y sin apostar en la red quedaría reducida prácticamente a cero la posibilidad de que respondiendo a mis maniobras algo favorable me volviera a suceder.
Al respecto la vez pasada salté paralizada en el asiento cuando mi marido me dijo que si no mantenía feed-back con nadie a través del blog, igual me resultaría más práctico trabajar en Word, el programa informático específico para escribir y guardar textos, independientemente de la conexión a internet, como hace el con sus novelas. ¡Desde luego él no sabe!, pensé, y le respondí que de momento me encontraba cómoda donde estaba.
Por otro lado, quizá por eso lo decía, estamos al tanto de que los blogs van de baja y que la gente se está pasando a las redes sociales para decir lo que tenga que decir. Esto tiene su lógica, pero yo voy a permanecer; si es que he de continuar.

P. D.
Aún con mis hijos pequeños en una ocasión le dije a mi padre que si alguna vez me iba muy bien, haría no se que cosa que ahora no viene al caso. Entonces el emitió una interjección, tipo ¡jjaa!, que yo interpreté como:
-¡Qué te va a ir bien a ti, con la poca ambición que has demostrado!
Y  me entró un fuego por dentro que todavía me da un algo de calor al recordarlo y a la que mentalmente respondí:
-Si supieras..., no te lo puedes ni imaginar...

jueves, 24 de enero de 2013

Parto en la carretera


Hacia mitad de la noche sentí un crick adentro y de repente un chorro de agua mojando las sábanas. Desperté a mi marido y le dije que estaba llegando el momento. Entonces nos levantamos y él me preguntó si podía darse una ducha rápida antes de salir hacia el hospital. A lo que contesté que hasta un baño de inmersión si quería, dado que aún tendríamos que esperar muchísiiiiimo. Pero a los pocos minutos, apoyada contra una pared y escuchando puertas allá el agua caer a modo de lluvia, sentí por la zona pélvica que algo marchaba adentro bien diferente de la otra vez, y llamé a mi marido para que se diera prisa.
Trasladamos directamente a nuestro otro hijo, enfundado en su pijama manta, desde su camita hasta la silla porta niños del coche y salimos a todo correr.
Cogimos por la carretera de las curvas hacia Barcelona, pues la autopista estaba todavía en construcción.   Íbamos en en un todoterreno Nissan Patrol, mi marido al volante, yo en el asiento a su costado y nuestro niño atrás.
Mi marido trataba de avanzar calmado, mientras yo le decía que el proceso andaba aceleradísimo y a cada poco me alargaba en el asiento lanzando unos alaridos colosales. El pequeño atrás estaba con los ojos abiertos, pero sin moverse un pelo, cosa absolutamente inédita en él. Ya salidos de las costas, mi marido me consultó si desviáramos hacia un hospital general que quedaba a la vista y más cercano, pero descartamos la idea, porque una sola confusión de carril nos hubiera llevado seguro a tener el crío en el coche. Como así fue, al cabo de unos instantes, sin salirnos de la ruta prevista.
Apenas me dio tiempo a desabrocharme la cremallera y bajarme el pantalón cuando Simón salió disparado, por bendita casualidad apuntando hacia el cielo, yendo yo a recogerlo en el aire exactamente a la altura de mis brazos.
A mi marido, que estaba fijo en la conducción, casi le da un ataque al ver a la criatura afuera. Tuvo el susto de su vida.
-¡Oh, mira que mono!, es moreno mi niño, le dije a mi marido, mientras sujetaba al recién salido envuelto en grasa blanca y me acontecía un relax total que me hacía saber sin lugar a dudas que todo había salido perfecto.
-¿Estás bien?... ¿estáis bien?...
-Está todo de maravilla... pero mira ¡que desastre!... la tapicería... .
-¡La tapicería!, ¡¿cómo se te ocurre ahora pensar en la tapicería?!...
-¡Pues porque todo lo demás está perfecto!, tu tranquilo...
¿Pero cómo está el niño?, eso es lo que tenemos que ver,  ¿cómo es que no llora?
-Está bien... 
-¡Haz que llore!, ¡tiene que llorar!, he visto que los hacen llorar...
-No te preocupes... qué quieres... ¿qué lo ponga boca abajo como a un conejo?,  ¿qué le de un cachete?..., pues ya lo harán en el hospital,...si es lo que hacen,  yo lo veo bien vivo y sin atragantarse..., si es eso...
-Uun nene, neeene, dijo nuestro hijo de veinte meses, desde el asiento trasero.

sábado, 19 de enero de 2013

Amooor

Óleo de Susanna Morell
La gracia que se me ocurría de regresar a España era volver a pasar las navidades con nuestros hijos y al lado de toda la gran familia, esperando que mi madre y hermanos engalanaran sus casas para gozar del típico decorado, porque en la nuestra somos un desastre para eso. Tenemos un árbol que desfallece plegado en el trastero y un tubo como de manguera transparente con luces intermitentes adentro que desde hace años nadie hace el esfuerzo de sacar y colgar. Así que ya con los chicos crecidos, cuando estábamos solos los cuatro, resolvíamos el ambiente con algo de acicalamiento personal  y unas velas sobre la mesa, dejando que los vapores del amor que nos profesamos fluyeran mezclándose con las aromas del pollo campero asado y los efluvios del vino tinto para conseguir el aire correspondiente; aplazando cualquier posible discusión hasta el día de mañana.
La verdad es que me siento contenta de lo conseguido por ese lado. Tantos años dedicados han valido la pena. Existe una ligazón, invisible y tan flexible como para alargar de polo a polo y más allá, por si alguno en el futuro se le ocurre viajar al espacio.

Ayer le decía a Simón y a mi marido en la mesa que las mujeres tenemos sobre ellos la gran ventaja de parírlos, a los hombres y a otras hembras, y que aunque nos den mucho trabajo, salimos recompensadas con creces; siempre hablando dentro de lo normal, porque te sale un hijo asesino y a ver que dices.
-Pero tenéis que pasar  por la sangre cada mes, por la panza que os crece, por el dolor de cuando nacemos..., en fin, ¿cuál es la ventaja?, nosotros solo tenemos que esperar, replicó Simón.
-Sí..., pero lo de la mujer es especial... a ver, ¿no nos gusta a todos el sexo?, pues en general a las mujeres tener hijos... va en función de lo mismo...es algo que te pone en una nube...lo más grande...por más dolor de parto, por más dolor de cabeza que nos deis...
-Que mona... pero yo también querré mucho a mis hijitos...
-Mira las actrices, hasta las más oscarizadas lo dicen, "nada es comparable a tener un hijo", ... o a adoptarlo, vaya, que muchas los adoptan...
-Lo pasaste bien en mi parto, ¿verdad mami?, más rápido y divertido que el de Lucas, ¿no?; todo un día para que saliera, desde luego mi hermano se pasó.

jueves, 17 de enero de 2013

Dinero


De haber llevado el billetero con algún billete me hubiera angustiado más al notar su desaparición, pero con calderilla y la tarjeta del banco a cero, me bastó con anular esta y esperar, en la única intranquilidad de no saber, hasta que apareció bajo el colchón del sofá-cama en el piso de nuestros hijos en Madrid. Por contra, de haber ido pertrechada con papel moneda, nos hubiéramos ahorrado un buen rato de tensión en el viaje de ida.
A elegir optaría por ser rica bajo todas las circunstancias y en todo momento, asumiendo las desventajas y consciente de que problemas seguiría teniendo en la misma cantidad que a cualquiera se le presentan, igual más complejos, y dependiendo de la suerte, que esa ya se sabe, se le presenta a cada cual como se le presenta, buena o mala, de sopetón y teniendo que atenerse a la fuerza a sus consecuencias. 
En el caso concreto del billetero tener mucho también me hubiera librado del problema, como en otros múltiples casos que se me ocurren, porque de habérmelo robado, me compro otro, y de habérseme volcado el contenido del bolso por la calle sin advertirlo, pues me voy de inmediato a un doctor pago a  preguntarle si la cosa tiene remedio y punto. 
En el fondo no hay tanta diferencia, lo cierto es que estamos todos pringados deambulando por este mundo camino de la disolución, al menos la corporal, y casi lo mejor que nos puede tocar es un buen ánimo, buena salud y una vista en perspectiva para tomarse la vida  a cuento.
Así que a sabiendas reitero, preferiría tener mucho dinero a no tenerlo, o a tener el justo y suficiente; sobre todo para poder repartirles a mis chicos.

Hace trece años mi marido fue invitado a una pequeña ciudad de la costa levantina por motivo de la concesión de un premio de novela no destinado a él pero muy bien dotado económicamente. Fuimos y resultó que en la cena donde se destapó al ganador este estaba sentado a nuestra misma  mesa. Un comentarista con el  micro se le acercó a los postres y le preguntó a que pensaba dedicar el dinero del premio, a lo que el escritor respondió que a ayudar a sus hijos.
Me quedé un poco desconcertada.
Vaya con el  hombre, pensé, ¡que desprendido!, ¿sería posible que el se quedara igual, igual?.
Pero claro, por aquel entonces nosotros todavía teníamos a nuestra cría por emancipar, asistiendo a la escuela pública y dándole al balón ovalado en canchas cedidas. 

martes, 15 de enero de 2013

Fin de Año


El viaje de ida hacia Madrid para celebrar el fin de año con nuestra familia de allá se presentaba como agradable, siendo que íbamos a viajar en coche mi marido, yo y nuestro hijo Lucas, con el que tenemos pocas ocasiones de estar, y sin embargo nos cogió un tramo en el que mi marido conducía de noche y con niebla espesa por una carretera de doble sentido adelantando camiones que se sucedía uno tras otro, haciéndonos sudar la gota helada a mi hijo y a mi, y teniendo que pasar por la discusión entre ellos en la que Lucas le exigía a su padre poder apearse, y mi marido perjurarle dejarlo en la siguiente área de servicio si no cerraba el pico, el uno proclamando al aire ser demasiado joven para morir y el otro en silencio, seguro de conducir con prudencia avezado por su larga trayectoria en carreteras y condiciones similares.

Sin embargo el viaje de regreso que realizamos solos mi marido y yo pintaba bueno y salió mejor. Al comienzo iba bien dentro de lo normal, sobre todo tras darme cuenta en la primera gasolinera de que me había desaparecido el billetero del bolso, pero hacia los tres cuartos del camino se nos dio un momento de excepción.
Entonces le conté a mi marido como fue el proceso que dio origen a esto que escribo, y también de la película que desde siempre pienso que se hará y de cómo me encontraba al principio en Cambridge.
-Te lo voy a decir. Pareciera que me estuviera alimentando a base de hongos rellenos de sustancia psicotrópica. Me venía una frase a cada tanto que corría a anotar si podía, "estoy tocada por la gracia de dios", "estoy tocada por la gracia de dios", pero claro, me abstuve de ponerla en el texto por evitar una nota tan alta de comienzo.
-A veces funciona bien partir de una nota alta, contestó él.
-Ya, pero esa me pareció un poco demasiado alta para una novata...  hace poco se me ocurrió que podría venir bien para el cierre.

Entremedio, en Madrid, comimos un fabuloso pavo relleno y tomamos las uvas de las doce campanadas en uno de los estudios de producción de nuestros hijos, con Daniel (el de él), Lucas (de los dos), nuestros nietos (los de mi marido), y Josefina (una amiga de todos).
Digo pavo fabuloso porque Daniel lo cocinó con mucho mimo y quedó riquísimo, y también porque Daniel se había esmerado en que todo saliera genial y así fue, pero luego su padre se descolgó con un artículo en el diario, "El pene del pato", en tono fatalista, que dejó a su hijo un tanto desconcertado y alarmado, y tuve que deshacerme en explicaciones cuando me llamó a Barcelona por teléfono.
-Pero a ver Daniel, ¿acaso no conoces a tu padre?.
-Después de que saliera la nota me llamó porque tu le dijiste ¿verdad?.
-¿Yo?, te juro que ni sabía que habías hablado con él, ¿cuándo te llamó?.
-Es que me estuvo diciendo que lo pasó muy bien... se lo notaba contento...
-Pues porque lo pasó bien, qué querías que te dijera si lo pasó bien, ¿que lo pasó mal?.
-Entonces... ¿porqué ese artículo tan....?
-¿Pero no ves que tu padre es un escritor?....si le pides mañana te hará otro en color rosa, o negro, o rojo sanguinario... sobre lo mismo.
-Así que te parece...
-¡Me parece que no tienes que hacer caso personal de lo que escriba!.

sábado, 12 de enero de 2013

Historia de la tía de mi amiga Carlota


Los hijos de la tía Mati tenían el paraíso del juguete en su casa, en la mía también había bastantes, pero los de ellos eran otros, por eso esperábamos sus fiestas de cumpleaños. Allí me veía con Carlota y existen fotos de ambas montadas sobre un caballo de cartón con complementos de cowboy sobre nuestros vestidos de fiesta, pistolas al cinto y flechas en el arco a punto de matar indios perdedores con sus propias armas.
Mientras tanto la tía Mati triunfaba con su moño a lo Grace Kelly y su aire de buena mamá ejerciendo de anfitriona, hasta que se cansó de plancharle las camisas al marido para que se fuera con otras y se plantearon la separación.
El problema venía de antiguo.
Resulta que el marido de la tía Mati estuvo enamorado de una chica del pueblo que a pesar de ser muy mona y de familia respetable a sus padres no les gustaba para su hijo, y con el fin de remediarlo se fueron a la alta montaña a llamar a las puertas de unos amigos con hija casadera y sí de su agrado.
La pareja fue presentada con éxito y pronto contrajeron matrimonio, hasta que tras doce años y cinco alumbramientos sucedió lo que sucedió.
Para tratar de frenar lo inevitable se fueron a vivir a la ciudad, y cuando la ruptura se hizo definitiva, ella regresó sola con los niños a la antigua vivienda familiar, sita en la misma casa de la madre de él, en al mismo pueblo de antes, hasta que no lo pudo soportar más.

Por el otro lado de la historia la tía Mati creció muy apegada a su padre, que le era cariñoso y con el que compartía el gusto por los prados, las vacas, la preocupación por el negocio y el cuidado de su masía montañesa. Pese a eso, cuando el padre  murió dejó todo a su otro hijo y único hermano de ella, un varón que encima era sonso redomado y que siempre se había mostrado ajeno a la idea de conservar algo. Lo difícil de asimilar para la tía Mati, según Carlota, es que su padre pudiera ni siquiera pestañear ante el facto consumado por él de dejarla tan desprotegida. Así que se sintió abandonada por múltiples francos, siendo el más doloroso el emocional con respecto a su progenitor.

La tía Mati hizo las maletas y se fue definitivamente a Barcelona con los cinco hijos a fin de rebuscarse la vida como fuera con tal de tirar con ellos hacia adelante lejos de su vida anterior. Para ello tomó ejemplo de mi tía Elvira y tras un cursito se puso a dar masajes, a señoras, así que tan rápido no habrá incrementado sus ingresos, y posiblemente siempre le fueran justos por más que se deslomara en oficios diversos, pero la cuestión es que lo consiguió.

Por una de esas casualidades de la vida me crucé una vez con su ex marido. Estaba yo viviendo en Madrid cuando entré a una charcutería del barrio de Prosperidad y se me dio una pequeña charla con el tendero y otro cliente  de último minuto que me preguntó con gesto animado de dónde era yo. Afinando, afinando se quedó alucinando al descubrir que la moza era la niña que el tiraba junto a otros renacuajos "patos al agua" en su piscina de pequeña. 
A ella la vi el año pasado en la presentación de la película que hizo su sobrina, di vuelta a la cabeza y la reconocí enseguida sentada unas filas atrás mio al lado de su cuñada, la madre de Carlota. Salvo en el aspecto físico en nada se parecía a la vieja mujer que recordaba, su aire era otro, más juvenil, aunque ahora era cuando realmente tenía más años. Pensé que los inconvenientes la había beneficiado, aunque si se lo digo, igual me pega.

miércoles, 9 de enero de 2013

Historia del primo de mi madre


Erase una vez a principios del siglo veinte en Catalunya unos padres que tuvieron cuatro hijos, tres mujeres y un varón. Cuando estos crecieron y los padres murieron, como era habitual en la época el vástago de género masculino heredó todo.
La madre de mi madre y la madre del primo de la historia eran dos de esas tres hermanas que quedaron sin nada. Para ser exactos, el hombre recibió montañas y montañas y a ellas un peñasco de roca pelada, inabordable incluso para el piolet de un escalador. 
Con lo cuál por esa vertiente podían olvidarse ellas y sus descendientes de sacar algún jugo.


El primo de mi madre estudió abogacía, pero como era muy inquieto al acabar la carrera se le ocurrió mejor idea para él que pasarse el resto de la vida encerrado en un despacho, y se fue con ella al abuelo, que obviamente todavía estaba vivo.
El hombre quería crear un camping y le solicitó en préstamo al padre de su madre una ladera de monte enfocada a mar donde llevar a cabo su proyecto. Le habrá tenido que explicar bien a su abuelo en que consistía eso, pues resultaba bastante inexistente ese tipo de negocio en España, al menos de las características que el suyo tendría.
El abuelo dijo sí y el primo de mi madre comenzó con pico y pala su camino, trazando sendero desde la carretera en la cumbre hasta las calas en la base, sudando tinta, como se dice, que inclusive lo encontraron una vez desmayado de tanto esfuerzo, siendo como era un robusto jugador de rugby, hasta llegar a dar forma al más paradisíaco y equipado lugar del país para ir con tienda o caravana.
El trato era por treinta años.
Ese tío segundo mio parecía un actor de Hollywood, que bien hubiera podido representar a dios o al diablo, su presencia se hacia notar y tenía capacidad de mutar el espacio, transformando un bosque en sala de recepciones o una playa en chill out, para los encuentros familiares que organizaba, acarreando hacia la naturaleza centros de flores, de frutas y toda la parafernalia para hacer del convite algo espectacular, sin olvidar los tronos de mimbre donde sentar a la monjas y a los mayores, y sin alterar la esencia del sitio. También por su mano conocimos la pizza, por hacer venir al camping un pizzero de Italia incluso antes de que en Barcelona se abrieran las primeras trattorías. Y por el fuimos en barco siempre que quisimos, uno grande, con mástil y marinero, que hasta para salir a pescar atunes servía, cuando los había.

Mucho antes del final estaría él trabajando para asegurarse el día después, pero lo más gordo que hizo fue irse al sur de la península y en el lugar más desolado de la costa andaluza comenzar de nuevo con la misma idea del principio, en ese caso abonándose a plantar árboles y más árboles en un erial.
Mientras tanto en el camping de arriba empleaba y entrenaba a los descendientes de su tío el heredero para dejarles las riendas del negocio en cuanto tocaran las campanadas.
Por la capacidad que tenía y lo mucho que se había empleado, el rédito económico logrado no era tan fantástico como hubiera sido de esperar, eso se lo había escuchado decir con ligero lamento a algún pariente que lo apreciaba y desde luego juzgando bajo baremo elevado.
Hasta que le llegó el premio gordo.
Resulta que en épocas del boom de la construcción, el pueblo más cercano al camping del sur creció y creció, lo mismo que los árboles que había plantado, sucediendo que los límites de las casas llegaron casi hasta sus puertas. Con lo cual esa frondosidad tan próxima pasó a ser codiciable, reconvertida en urbanizable y vendida al mejor postor.
Entonces se pudo dar el gusto de comprarse la mansión, de ayudar a sus hijos, de dejar que ellos continuaran, de sentarse en el bar con los amigos a desayunarse algo pantagruélico y hasta de tener tiempo de mandarle a mi marido escrita a mano una extensa carta de congratulación por el prestigioso premio literario que le acababan de conceder.

viernes, 4 de enero de 2013

Viajar con mi padre


Fui con él a Dinamarca, a Paris, y también a Mallorca. Si coincidía su viaje de trabajo con algún día de nuestras vacaciones escolares, mi madre preguntaba si alguien quería acompañarlo y yo levantaba rápido el brazo; todo fuera por salir a conocer mundo.

Viajamos por horas en un tren danés contemplando a través de la ventanilla campos y más campos amarillos y sembrados, también tomamos una avioneta que nos dejó en un aeropuerto en mitad de la nada teniendo que caminar a la luz de la luna por el arcén de una carretera en búsqueda de alojamiento, hasta divisar al fondo unas luces que nos atrajeron como a Hansel y Gretel hacia la casita dulce. Amanecimos en un motel de alta categoría y nadie nos atacó, por primera vez en la vida disfruté de un desayuno buffet. Afuera estaba nevado. En Copenhague cenamos a las cinco y media después de deambular con pasos resonantes por calles desierta, tiendas cerradas, humedad ambiental y penumbra, como en las horas de Jack el destripador, hasta dar con otra luz en un pasaje que nos condujo por unas escaleras de piedra hasta un restaurant semiaoscuras y con velas donde elegimos de la carta a dedo sin tener remota idea de lo que nos iban a traer. Todo salió de nuevo más que mejor, de lujo. Una vez terminado lo que mi padre tuviera que hacer,  regresamos a casa.

París coincidió con la muerte de mi abuela. Estando allí nos avisaron y tuvimos que regresar en el primer vuelo posible. Caminando a la espera por una calle adoquinada mi padre me preguntó si quería visitar el Pigalle nocturno. Teniendo a su madre muerta, me pareció poco procedente. Era un cuatro de enero, como hoy. Al llegar a casa una amiga se me hecho directa a los hombros. Yo todavía no estaba aterrizada, Mi abuela reposaba dentro de una caja en su propia habitación. La condolencia de mi amiga me tomó por sorpresa; estaba más afectada que yo, y es que ella quería mucho a su abuela.

De Mallorca vi poquísimo. Fuimos desde el aeropuerto hasta un polígono industrial, lo esperé y al terminar un taxi nos llevó hasta el paseo de Palma, estuvimos dando cuatro pasos por ahí hasta que mi padre dijo que como se le había acabado el quehacer, mejor sería regresar. Compramos una ensaimada, tomamos otro taxi y regresamos en el mismo día.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Conversación in crescendo


Mi padre era hombre de pocas palabras en casa, no recuerdo haber cruzado cuatro seguidas con él en toda la infancia, como tampoco en la adolescencia, aunque lo acompañé entonces en dos viajes que hicimos solos; pero en fin, son cosas que pasan, nada para quedar traumatizada.
En mi época de estudiante y viviendo en residencia universitaria, cuando mis padres venían a Barcelona y nos encontrábamos, solían llevarme a un restaurante parrilla que a él le gustaba, donde se pedía y me hacía pedir un buen pedazo de carne, sendos considerables chuletones de Ávila. Mientras comíamos yo conversaba con mi madre, en tanto él permanecía entre la vianda y sus pensamientos. Luego me depositaban en la residencia y hasta la siguiente ocasión. Tan pronto veía alejarse su coche por la Diagonal, me asaltaba una honda pena. Era absurdo, lo reconocía, pero no podía evitarlo, justo seguido de acabar de demostrarme su preocupación por mí. Que tonta. Era claro el hombre me quería, por lo menos bien alimentada.
De bien mayor quise solucionarlo.
Empecé por la primera conversación que tuvimos al teléfono. Fue casi un monólogo por mi parte, pero por algo se comenzaba.
Le dije que repensara lo de no acudir a mi boda, que se celebraba al día siguiente, porque de seguir con la idea se quedaría sin ver crecer a los niños que yo ya tenía, y eso sería irrecuperable, porque por más que luego suavizara su parecer y yo pudiera empezar a visitarlo, para mis hijos habría pasado la etapa, y lo desconocerían como abuelo. Tomé aliento. Y si por el contrario aparecía, entonces podríamos comenzar a ir a su casa y ellos a tratarlo. Al colgar me quedé encantada de haber hilado tantas frases seguidas con él al otro lado de la línea.
Poco a poco conseguí estar sentada a su lado sin temerle al vacío linguístico, valorando entre los dos la tortilla de espinacas, la situación política o cualquier otro tema corto de tratar y no comprometido.
Ya con mis hijos crecidos y levantados de la mesa mi padre se desahogaba cuando iba y estábamos sentados con mi madre, explicándome hacia el fin de la comida los líos de los negocios familiares, porque a ella ya la tenía un poco agotada de tanto repetirle cada día lo mismo, así que como cara diferente la mía le valía
A fin de últimas me quedé satisfecha, en el sentido de haber logrado un avance con él. Lo único que a veces he pensado es si pensaría que mi acercamiento era interesado.
Hace pocas semanas mi tía Elvira, la hermana de él, me contó una anécdota sobre su abuelo que me hizo acordar del asunto. Resulta que una hija de ese hombre tan idolatrado por mi padre le dijo al suyo que  hacía mucho que no iba a visitarla, ella estaba casada en un pueblo de los alrededores y lo invitó a que fuera más a menudo  a su casa, deseosa como estaba de atenderlo con todo su amor y cariño, a lo que el padre le respondió que perfecto y comprendido, pero que recordara que él ya lo tenía todo arreglado.
Mi tía contaba la anécdota sin mueca de diversión u espanto. A mi me hizo pensar en el dicho popular, que "de tal palo tal astilla", pero mi bisabuelo murió contento y mi padre también; ambos hubieran suscrito de seguro lo que dice la canción, "I did it my way"- "Lo hice a mi manera", y se acabó.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Lluvia de otoño


En los primeros días de mi llegada a España quedé con mi amiga Carlota y su amiga Isabel a tomar algo, ellas habían venido en tren desde Barcelona por ver alguna película en el festival de cine y pasar el día junto al mar en mi pueblo tan apetecible. "Llovían gatos y perros", según expresión inglesa, es decir, caía un tormentón, el doble de copioso que el más  fuerte visto en Cambridge en dos años, el que para mi sorpresa dejó inundados multitud de bajos y a la biblioteca municipal obligada a una movida de libros dentro de su espectacular edificio de relativamente reciente inauguración. Sin embargo mi pequeña ciudad mediterránea resistía bastante bien mientras caminaba hacia el lugar de la cita sin escuchar ululares de sirenas o ver coches en la riera arrastrados por la corriente.
Nos sentamos en una terraza a pocos metros de donde rompían las olas. Apenas se diferenciaba el color del mar del del cielo o el de la arena en tanto la lluvia batía contra el acristalamiento, Carlota iba ataviada con un chubasquero naranja que rompía la monotonía cromática y le confería aspecto de navegante, aunque nos mantuvimos al seco, cual reinas del confort tomando unas cervezas. Encima ellas pidieron unas sardinitas y unos calamarcitos, que por algo estaban en la costa. Era fin de semana y  había bastante gente resguardada allí, aunque por fortuna encontramos una mesa libre.

Carlota me dijo que algún día deberíamos encontrar el  medio de contar juntas lo que acontece con las mujeres en temas de herencia en esta sociedad nuestra catalana, tan avanzada como se cree, pero en la que siguen vigentes al respecto costumbres trogloditas que nos discriminan y sobre las que se cierne un manto de silencio que las hace parecer inexistentes.
Entonces me di cuenta de que algo les había contado a mi pesar, en esa u en otras ocasiones, en tanto les explicaba que no me interesaba para abordarlo personalmente el tono de denuncia, a parte de que el  tema, merecedor sin duda de ser puesto en evidencia por alguien que lo sienta, no iba demasiado en la línea de mis intereses. 
Sea por nuestra ligazón de infancia o por nuestra manera de relacionarnos en el presente, cada vez que nos juntamos Carlota termina soltando lágrima. Luego me llama para disculparse, para decirme que no suele ser así, pero ni falta hace que me lo comente, entiendo que es hasta gustoso dejarse ganar a veces por la sensibilidad.
Nuestras madres siguen viéndose, como mínimo una vez a la semana cuando se juntan las amigas del grupo en la institución del té que llevan tomando desde hace más de cuarenta años. Nuestros padres también se frecuentaban; el suyo todavía vive; Carlota me dijo que con él apenas había hablado en la vida, cosa que me sorprendió, pero claro, no era de extrañar, a pesar de sus modales burgueses su padre y el mío habían mamado de la  misma recóndita tierra. 
Carlota hace ya bastante que visita a sus padres acompañada por Isabel. Su padre se preocupa de que la amiga esté bien servida, que se sienta cómoda, su madre también, pero evitan meterse por caminos de palabras descubridoras. A mi madre le encantaría que la madre de Carlota le contara, que se sacara un peso de encima, por ella y por la hija, pero parece que todavía el dominio está inmaduro.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Proporción aurea


Si las flechas del amor restaron en la aljaba de cupido la primera vez que mis padres coincidieron habrá sido entre otras razones porque mi madre solo tuvo vista para observar a la hermana de él, esa prima de la que tanto  le habían hablado los anfitriones, de belleza y arreglo admirados en toda la comarca; así que ella se quedó abstraída mirándole el escote a mi futura tía, los grandes pendientes, los párpados abriendo y cerrando, acentuado su movimiento por el color de la sombra de ojos y el vaivén de unas onduladas pestañas cargadas de rimmel.
Mi padre si reparó en ella; por deformación profesional habrá avistado que se trataba de una buena yegua capaz de alumbrar hijos sanos y fuertes. Su figura o su finura le habrán atraído tanto como el hecho de saber que era hija de una familia con propiedades agrícolas. No le habrá hecho abrir la boca por el riesgo de quedar en la cuneta, pero me juego que ganas no le faltarían de revisarle hasta las muelas. El dato es que pronto pasó a cortejarla, con flores y cajas de bombones, logrando más una nota de carácter que se le escapó que todo su melifluo arte de seducción. 
Por contra a mi poco romanticismo en la visión anterior, tengo que decir que el hombre se quedó la mar de satisfecho el día que ella cambió sus faldas de vuelo por unas tubo, revelándosele que encima había elegido a una futura esposa de buenas ancas.
Lo cierto es que mi padre se llevó una joya en todos los sentidos y siempre lo reconoció así, aunque a la postre ante notario se esmerara nulamente en demostrárselo.
Siguiendo con la historia ellos llegaron a casarse y mi padre a convencer al padre de la novia de escriturar a nombre del marido la finca que estaba por cederle a la hija, un simple y práctico corrimiento favorecedor dentro de la misma e indestructible unidad marital, y así también funcionó que mi padre dispuso a lo largo de los años de los terrenos heredados por ella en la costa, decrecientes en proporción inversa a los chorros de liquidez apaga fuegos volcados sobre sus empresas.
Así que no se porque a mi padre se le ocurrió narrar en el testamento para algunos de sus hijos que gracias al esfuerzo inicial de sus antepasados, fue que llegó hasta ellos, no lo olvidaran,  todo cuanto les había legado.
Aunque en realidad si lo sé. Fue a causa de la casa que construyo y el efecto raro que esta causó en su cabeza.

Mi padre murió de golpe a los ochenta y seis años, en plena forma y en el mejor escenario posible, mis hermanos lo dijeron, tuvo  el final que hubiera deseado, en el caso de imaginarse muriendo algún día, en la fábrica, rodeado por todos los trabajadores, con su hijo, con su nieto, en afanosa preparación para el stand, a punto de iniciarse la feria de Zaragoza, la que tanto le gustaba, y a un paso de la gran crisis que se libró de ver.
Ayudaba y desayudaba por esa época en los negocios que había delegado, a la vez que se dedicaba a reconstruir con sus propias manos y con la asistencia de un peón marroquí los habitáculos semi derruidos de una antigua casa para masoveros en una pequeña hacienda legada por su abuelo tratante. Mi padre iba recogiendo para su proyecto materiales de construcción y deshecho, de aquí y de allá, usando como furgón y carretilla su Mercedes de última gama.
Se gastó una pequeña fortuna en la obra, más que si se la hubiera dado a levantar a un contratista, aunque entonces no hubiera sido lo mismo y a él le estaba saliendo algo muy original, una especie de patchwork de cemento bastante cutre y poco armonizado, que lo representaba en algún sentido y en el que se encontraba plenamente a gusto. Allí se tumbaba en los descansos a dormir la siesta. De hecho esa era su idea, crear un ámbito dónde recluirse del mundo, a ensoñar, a reencontrarse con el abuelo, a pensar en el futuro, a reconstruir la historia.
Así le salió de fantástica, en ese lugar raro, sobre un camastro desvencijado, en la única habitación de techo confiable. 

sábado, 17 de noviembre de 2012

Viejo Oeste



Espero que la crisis no devuelva al pueblo de mi infancia a la posada y cuatro casas del principio, ahora que incluso he visto florecer allí los panes de semillas, de posible estilo centroeuropeo,  y es que hasta la llegada del riego y el ferrocarril el lugar pintaba como en las películas del lejano oeste americano, todo polvoriento y a carreta, aunque sin río que cruzar. 
Tan de flamante creación es mi pueblo natal, según baremo del viejo mundo, que considerándose mi familia de las antiguas del lugar, recién mi bisabuelo fue quién vino a establecerse a esa nueva tierra prometida con su negocio de trata caballar. 
Ya lo dejó escrito mi padre en su testamento: "Recordad hijos míos que todo lo que os he dejado proviene del esfuerzo de lo que iniciaron en estas tierras mis mayores", refiriéndose por supuesto a ese venerado abuelo suyo tipo cowboy, que acabó vigoroso a los noventa y tantos años atropellado por la rueda de un carro enganchado a una mula que no se dejaba dominar.
Potencia desde luego no le faltaría al bisabuelo para dejar tan hondamente implantada en su nieto la semilla de la leyenda que habría de crecer y multiplicarse en el imaginario de mi padre adulto.
Por otro lado mi madre recuerda su infancia absolutamente feliz y salvaje, trepando por los árboles, buceando en el mar y lanzándose en bicicleta picada por las pendientes de su pueblo de la costa, aunque también se acuerde de estar a resguardo, entre labores de bordado, cuentas, dictados  y lecciones de piano, como una flor educada en casa, hasta que se vino abajo la empresa familiar de corcho y al faltar el objeto que justificara la presencia permanente de mi abuelo en el lugar, mi abuela tomó la iniciativa de mudarse con su núcleo de familia a la ciudad a fin de que los hijos continuaran la formación en buenos y prestigiosos colegios. También ella le daba vueltas a la idea de abrir una tienda de ropa infantil por el barrio de la Bonanova donde vivían, atendida por una mujer de su confianza que ya tenía avistada; pero fuera de sus planes esa madre de mi madre fue a morir en el parto de su quinto hijo al año de llegar a Barcelona.
Proveniendo de regiones separadas entre sí y bastante mal comunicadas en ese tiempo, mis padres deberían darle las gracias o echarle la culpa de que se encontraran a un tío lejano de la rama de ella que osó irse mucho más lejos, a Cuba, en los tempranos años del siglo diecinueve, a probar fortuna y la consiguió, haciéndose comprar unas buenas haciendas en su Catalunya natal, sin importarle desde la otra orilla en que parte de su abarcable territorio patrio estuvieran situadas.
Así que tanto antes como después de trasladar su residencia invernal a Barcelona, indefectiblemente en el mes de Septiembre la familia de mi madre tomaba rumbo desde el pueblo de la costa  hacia sus tierras del interior, tan lejanas y primordiales, visto desde este lado, que hasta vacunarles les hacía el doctor antes de emprender camino. Eran los señores que llegaban a sus fincas, las heredades del pariente americano que murió sin haber dejado descendencia. 
Mi madre y sus hermanas eran apodadas "las negritas" por llegar a esos predios bronceadas como pastor de alta montaña después de todo un verano pasado en la playa, cuando allá las niñas de posibles se figuraban níveas, preservadas al fresco y a la sombra de las inclemencias solariegas que solo debían afectar al campesinado. 
El caso es que blancas o morenas cada año eran invitadas por una familia amiga a la fiesta mayor de su pueblo cercano, en donde a edades ya de festejar coincidieron en la casa de esa gente con unos primos de ellos, es decir, mi padre y sus hermanos.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Poppy seeds

Kalács húngaros
En uno de los dos Kalács de diferente relleno que la mamá de Betty le mandó por Navidad se encontraban las semillas de amapola que le daban su color negro al de esa modalidad. Betty dividió ambos bizcochos arrollados para que pudiéramos probarlos. Estaban buenísimos, se adivinaba que la madre había corrido de su horno a la compañía de transportes para que se los hicieran llegar vía aérea todavía tibios a su hija.
Descubrí días después dos rodajas envueltas y olvidadas en un rincón.  Qué lástima; serían las "de la vergüenza", que así se nombra en España, al porción o unidad de algo comestible apetecido por todos pero que nadie se atreve a tomar el último; estaban algo menos esponjosas pero para nada despreciables. Gallo o gallina, me dije, cogí un trozo sin mirar y me lo metí en la boca a ver si ganaba. 
Al parecer las semillas de amapola son utilizadas como ingrediente en variadas recetas del mundo mundial. Yo no lo sabía, pero es posible que incluso en zonas del sur de Europa tengan aplicación. Ahora que lo pienso, puede que lo sean esos granitos negros adheridos a la superficie de alguno de esos panes que compró aquí  en la costa, en panaderías catalanas de amplio surtido.

De niña me preocupaba la cuestión de que en mi lugar de residencia fueran imposibles de encontrar algunos de los ingredientes que leía en las recetas de libros y revistas; eso me daba cuenta de que estaba viviendo en un punto del planeta un tanto alejado del centro cosmopolita, aunque los de mi familia circulaban bastante, y si se requería algo, pues se iban a otro lado a buscarlo y ya estaba; como las reproducciones en postal de pinturas célebres que mi madre me traía cada semana de Barcelona; algo nunca visto en mi pueblo; el solo hecho de tocarlas, atesorarlas y saber que mi proveedora era de ciudad y conocedora de las artes y tiendas me hacía sentir privilegiada. Eso y otras muchas cosas.
Pero el pueblo corrió rápido a ponerse al día. De hecho ya estaría en buena marcha cuando yo nací. En ese momento el grueso de la gente ni imaginaba la posibilidad a darse un chapuzón al agua bajo el sol del verano sin moverse de la plaza y pocos sabían nadar. Para entonces yo me zambullía en una de las dos piscinas particulares del pueblo, hasta que a mis siete años surgieron las gloriosas municipales, a las que siguieron los clubes deportivos, las escuelas de danza, de música, las discotecas, las bibliotecas. Los colegios, institutos y academias se multiplicaron, y para atender las necesidades específicas se crearon residencias de ancianos, de discapacitados físicos, de minusválidos psíquicos y unos reconocidos y económicamente rentables talleres de trabajo que les proporcionan ocupación.
Los habitantes comenzaron a moverse; las familias a irse de vacaciones, a la playa, a la montaña; los jubilados a salir de marcha, al club social, al baile, de excursión, a darse amores entre ellos que ni los hijos podían parar; los matrimonios que andaban a mal a separarse; los jóvenes a irse a vivir por su cuenta, con sus novios o novias, sin que a los padres les diera un ataque, o solos, algo más costoso de ver dentro de la misma población, por el apego de los jóvenes al cariño hogareño y al eficiente y gratuito servicio de habitación hotelera, lavandería y restaurant que normalmente presta  el nido familiar, o quizá porque por un arrastre cultural no esté todavía montada en el país la infraestructura que facilite la independencia de los hijos una vez superada la adolescencia.
Los nuevos emigrantes empezaron a llegar, de mucho más lejos y diferente lugar; para entonces la oleada proveniente en los años cincuenta y sesenta de las regiones del sur del propio país estaba más que arraigada, catalanes ellos y sus hijos, como lo son y serán, espero que lo sientan también de ánimo, los hijos nacidos de los más recientes migrados a mi pueblo natal.
Los ligues y adulterios proliferaron, así me han contado, en un pueblo que se precia de no ser chismoso, aunque siempre cabrá la duda de que estén en lo cierto, porque ya se sabe que esos asuntos escapan por naturaleza de ser contabilizado. Aunque es imaginable que así sea, con todos lanzados a la calle y más adelante con las enseñanzas aprendidas de las liberadas series realistas de la televisión catalana y reality s hows entrados en las casas a través de las ondas nacionales. La llegada de Internet habrá acelerado el proceso en ese aspecto en mi pueblo, igual que en todos los demás en todos los pueblos conectados del mundo. Ni en veinte años recorriéndose los bailes de la comarca hubiese conseguido antes alguien con interés tener enfrente lo que cualquiera ahora puede obtener en un click, a elegir además si de la zona o de más allá. Presentándose unos a otros, guapos y guapas,  raudos y perfectamente ataviados, gracias al  low cost y las buenas comunicaciones.
Y así es como con tanto avance y tanto va y ven de personas acabaron llenos de más productos los estantes de los supermercados de mi pueblo.
Hasta ahora, con la gran crisis, que está por ver a dónde nos va a llevar todo esto.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Poppy

Gente con conciencia social, esos son los que se colocan la flor, y eso es lo que a mi me haría falta, conciencia social y un tejido de relaciones dónde poder lucir la amapola si viniera al caso. La amapola de fieltro o de papel que cada otoño veía rebrotan en las pecheras de los presentadores y demás invitados de la televisión británica, también de uso para la gente de a pie, aunque a mi no me fuera dado verla, salvo en el día señalado en el ojal de la directora del hostel.
Poppy la llaman; me gusta cómo suena en inglés el nombre de la silvestre flor encarnada que cubría los campos de Flandes en mil novecientos quince, según la inspiración del poema que ligó la flor al memorial de los caídos del bando occidental procedentes de los países integrantes del antiguo imperio británico durante la Gran Guerra y con el tiempo al de todos los muertos en combate al servicio de la defensa de las distintas patrias y sus valores comunes, la misma flor atada de un modo menos trágico los campos de mi infancia.
¿Gallo o gallina?, nos decían, adivina primero y luego abre el capullo; rojo es gallo, rosa gallina; si aciertas, ganas. Cuando más me gustaba el paisaje, peor era para la cosecha; puros campos de niña feliz, moteados de un rojo sin trágica connotación.

Canadá era dominio del Imperio Británico cuando en el año mil novecientos catorce, tras la invasión de Bélgica y Luxemburgo por Alemania, Gran Bretaña y Francia entraron como aliados en el conflicto de la Primera Guerra Mundial. Por tal John McCrae, médico, poeta y teniente coronel canadiense, fue designado al frente europeo como cirujano de la artillería de su país. En la segunda batalla de Ipres, librada en los campos de la bélgica flamenca, John McCrae perdió a un compañero amigo, y según lo que se cuenta, tras el funeral del mismo se retiró a escribir, unas líneas que él mismo desechó. Se dice que otro compañero recogió el escrito y lo mandó a un semanario inglés, que poco después lo publicara en sus páginas para de allí pasar rápido a difundirse y a popularizarse.
Hoy en día tanto el poema como la amapola permanecen en el ámbito de los países de la Commonwealth como símbolo y recordatorio de todos los caídos en defensa de sus valores democráticos y de libertad.

In Flanders Fields                                            En los campos de Flandes

In Flanders fields the poppies blow           En los campos de Flandes las amapolas oscilan al viento
Between the crosses, row on row             Entre las cruces, hilera a hilera
That mark our place; and in the sky           Esto señala nuestro lugar; y en el cielo
The larks, still bravely singing, fly               Las alondras, aún con valentía cantando, vuelan
Scarce heard amid the guns below            Sin que nadie oiga abajo entre las armas
We are the dead. Short days ago              Nosotros somos los muertos. Escasos días atrás
We lived, felt dawn, saw sunset glow,       Vivíamos, sentíamos el alba, veíamos el arrebol del ocaso
Loved, and were loved, and now we lie    Amamos, y fuimos amados, y ahora yacemos
In Flanders fields                                      En los campos de Flandes
Take up our quarrel with the foe:               Recoged nuestra lucha con el enemigo:
To you from failing hands we throw           Hacia vosotros desde nuestras manos caídas os pasamos
The torch; be yours to hold it high.            La antorcha; que sea vuestra para sujetarla bien alto.
If ye break faith with us who die                Si nos faltarais a nosotros que morimos
We shall not sleep, though poppies grow   Nosotros no podríamos descansar, aunque las amapolas
In Flanders fields.                                      Continuaran creciendo en los campos de Flandes.

Me da por pensar que si yo hubiese nacido británica concienciada igual no hubiera podido lucir la flor en el trabajo que allí realizaba por miedo a que esa amapola tan emblemática terminara mal parada adentro de un jarro de leche o atropellada en los suelos de un pasillo, aunque mejor no me preocupe, seguro que de partir de entrada de esa manera, las cotas alcanzadas me hubiesen valido para preservar la salud del símbolo.                                                  

sábado, 10 de noviembre de 2012

¿Determinismo?

En invierno, en mi picoteo por los vídeos colgados en la red me detuve a escuchar a una mujer entrevistada en un programa de televisión con motivo de la salida al mercado de un libro suyo. Yo no sabía quién era ella, simplemente me paré a coger oído para mi inglés. Luego pasé a verla en el campus de una universidad estadounidense, dando una charla bajo un entoldado; casi todas a su alrededor eran mujeres; aparte de la agudeza o el humor que pudiera tener, tanta risa y sonrisa por parte de la concurrencia al dictado de sus palabras y movimientos me dieron la pista de que esa mujer debía de ser una celebridad.
Me sorprendió descubrir que se trataba de Nora Ephron, guionista y directora de la película Julie & Julia, por tanto una influencia en mi vida, como también autora de Tienes un e-mail, otra película de género dulce protagonizada por Meg Ryan y Tom Hanks, que casualmente también quedó bastante bien grabada en mis circuitos neuronales.
Nora Ephron falleció de leucemia este verano. Otra noticia sorpresiva y de la que me enteré por casualidad; Cómo es posible que alguien se muera siendo que lo acabas de conocer. Ella en un momento de la entrevista hizo alusión a su edad avanzada. Me pregunté cuántos años tendría. No era una cría, pero lucía juvenil. Delgada, casi flaca, llevaba un buen corte de melena y engarzada en la solapa  izquierda de su americana gris de diseño la amapola que cada año veo rebrotar en las pecheras anglosajonas ofrecidas a los medios. Se la veía en plena forma creativa y sin embargo murió; de forma inesperada a los setenta y un años. 

De las películas que he visto, de los libros que he leído, de lo que he estudiado, de las vivencias que me han acontecido, al final me queda poco, poquísimo, a veces incluso me asusto de pensarlo, la menudencia que retengo; ¿y lo otro, dónde ha ido a parar? me pregunto. Entonces me respondo que no tengo de qué preocuparme, le pasa a todo el mundo, se da un descarte a la carta, aunque no te enteres de que hayas elegido.
La memoria es selectiva, ya se sabe, y lo que nos va a influir también lo escogemos sin saber. Algo hace que elija para recordar aquello que me va a influir, o dicho de otro modo, me influye aquello que al margen de mi voluntad he seleccionado para el recuerdo. Nada es en sí mismo más o menos importante en orden a ser capturado, todo vale y toma precio en nuestra vida según el collage que nos sea dado realizar.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Perro callejero


La segunda vez que se escapó pensé que, de encontrarlo, quedaría escarmentado, porque al rato de ausentarse se largó una tormenta colosal, con rayos, truenos y unas descargas de agua impresionantes que se fueron repitiendo a intervalos durante todo el día sin noticias del chucho.
Mi hijo estaba trabajando, así que no le dijimos nada. 
A la policía tampoco, hasta la tarde, porque preferí buscarlo por nuestra cuenta antes que dar aviso por lo mismo que había pasado cuatro días atrás.
Sucedió que lo recogió bajo el chaparrón una mujer, la cual le abrió la puerta de su coche, en el que entró raudo a acomodarse de copiloto, tras encontrarlo zigzagueando en mitad de la carretera comarcal, sorteado al paso por otros vehículos.
Resultó que su salvadora era una amante de los animales que se lo llevó al trabajo y allí lo mantuvo siendo la atracción a su alrededor, que hasta le fueron a comprar un hueso de cuero de vaca para que se entretuviera. Al finalizar su jornada, como ya había avisado la mujer, lo llevó a comisaría, dónde mi hijo lo recogió. 

Intuimos que había disfrutado de la salida, pero lo supimos del cierto cuando lo volvió a intentar. Quedó claro que era imposible tenerlo suelto en el jardín, ni siquiera por unos segundos sin controlar, hasta que Simón acabase de solucionar lo de la valla.
Simón se trajo al cachorro hará unos seis meses. Al principio era verano, mi hijo tenía tiempo para estar con él, y, obviando los desastres que causara, se lo podía mantener a la espera en cualquier cuarto cerrado. 
Se estaban evaporando las anteriores condiciones cuando aparecimos nosotros.
Mi marido y yo dimos por finalizada  nuestra etapa de animales hace ya mucho, para quedarnos libres de viajar  o de cambiar de país si se daba el caso.
Antes de ir a Inglaterra, yo le decía a mi marido que si era por las salidas que habíamos hecho casi nos hubiera dado tiempo a criar a otro perro, o a tener uno de esos pequeños, que llegada la oportunidad te metes en un bolso y queda tan mono; pero el cálculo no venía a propósito de la añoranza por tener algún otro bicho, sino como observación al tipo de vida que habíamos llevado desde la última perra que se nos fue.  

martes, 6 de noviembre de 2012

Negra y Chufo



El primer día me levanté y ya tenía enfrente a Chufo, el perro de Simón mirándome a los ojos. Me dio lástima y lo saqué a pasear. Al día siguiente repetimos. Al tercero ya lo había tomado como un hábito y en cuanto me vio con la taza final del desayuno en la mano empezó a mover cuerpo y cola reclamando la salida.

Antes de ayer estuvo en casa Julián, un amigo de Simón con su perra labrador retriever, como la anterior que tuvo, Negra, la que andaba siempre por casa, muy querida de mi hijo, la que murió en la carretera hace hoy exactamente un año.
Estábamos mirando el espectáculo de los dos crecidos cachorros desplegando una energía colosal mientras se revolcaban en la escasa hierba como dos croquetas una encima de la otra chocándose los dientes sin romperse en un juego frenético de mordidas juguetonas.
Con razón me veía impulsada a sacar a Chufo a desfogarse, pensé.
-Estás muy guapo Julián, cómo te encuentras.
-Muy bien, gracias.
-Ya hará un año ¿verdad?.
-Si, pasado mañana.

En el día de hoy del año pasado llamó otro amigo a mi hijo avisando del accidente. A Julián se lo habían llevado en ambulancia, la perra había quedado tendida al borde de la calzada, había que ir a buscarla.
Entre varios la llevaron hasta El Mirador, un lugar elevado al borde de un camino secundario desde donde se contempla una de las mejores vistas de la comarca. El terreno es tan pedregoso en esas montañas que le dieron sepultura bajo unas rocas, sin excavar un hoyo.
Julián había sufrido rotura craneo-encefálica y no sé cuantas cosas más. Los padres tuvieron que pasar varios meses en el hospital con el hijo bajo coma inducido esperando el momento del despertar para saber que tipo de daños cerebrales o de columna vertebral podía haber sufrido, aparte los órganos internos que se habían visto afectados; los padres, la familia y los amigos.

Yo antes me preguntaba cómo podía andar Julián con su perra siempre en la moto de aquí para allá.
Por la perra seguro que no habrá sido el accidente, ella se quedaba inmóvil, clavada, más que cualquier otra chica que hubiera transportado con él. Lo que me intrigaba es cómo salvaba los controles, porque aquí todos andan con el casco, pero a los guardias de tráfico puedes encontrártelos en cualquier rotonda guardando que los muchos motoristas que hay por la zona circulen con todas las de la ley.
O a lo mejor es que no hay leyes para perros circulando en scooter.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Mi familia y otros animales

Estudio de la gata
Daniel y Lucas, nuestros hijos en Madrid, tienen una gata en el estudio, que es la niña mimada de cuanto personal pasa por ahí. Era la gata de Lucía, la hija de Daniel, y de Linda, su ex mujer. Vivió con ellas hasta que se trasladaron a Londres. Entonces pasó a manos de Simón sin cambiar de apartamento, dado que mi hijo se mudó a hacerle compañía, hasta que se vino a Cambridge y la gata quedó acomodada en el plató de fotografía.
Todos coinciden en que es amable, cariñosa y fácil de tener, además de saberse mover en ese espacio de producción publicitaria cual celebridad acostumbrada a los focos; a veces también, cual plumero pasado por la pantalla, podemos verla garbeando en primer plano mientras hablamos vía Skipe con los madrileños, como se paseaba de hombros a teclado de Lucas el día que a él le dio por hacerme de orientador personalizado.

-Tú, mami, todavía estás bien, podrías trabajar en alguna recepción de hotel o de consulta médica, aunque haya mucho paro, también hay mucho incompetente, yo lo veo, y gente que se queja, pero no se pone con todas sus ganas a encontrar una salida, por eso tu, que eres lista, si te pones con fuerza y te sabes vender, podrías conseguirlo.
-Lucas, cariño, te recuerdo que no eres mi padre.
-Yo te lo digo, después haces lo que quieras, ¿cómo está tu nivel de inglés?, porque esa puede ser una buena baza tuya.
-Si en la otra vida naces padre mío, podrás aconsejarme, aunque ni eso, acuérdate el dicho: "Padre que da consejo, más que padre es un boludo".
-Preferiría nacer cíborg que padre tuyo, pero bueno, yo solo te lo digo porque sé que a ti te gusta estar activa y antes en  la inmobiliaria estabas bien...
-Te agradezco tu preocupación, hijo, y te haré caso. 
-Piensa que aquí la mayoría de los que están buscando trabajo tiene un dominio muy elemental del inglés, y si tu has estado dos años... 
-Tú quédate tranquilo. Deja que me tome un respiro y ya verás. Podrías ser las dos cosas, un padre cíborg.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Paraíso animalístico

The parent trap
Los ratones reconocen y esquivan el cebo por más que lo coloque con guantes y recubra de queso gruyere. Mi hijo Simón opina que deberíamos ponerles trampas, para salvaguardar la salud del perro, que según le dijo la veterinaria si hallaran tieso a algún ratón menos listo, eso también podría resultar fatal para él.
-¿Trampas?, ¿todavía existen?, ¡que grima encontrármelos ahí metidos?.
-Pues habría que preguntarles a ellos, igual les resulta más rápido y menos doloroso.
-¡Ay!, calla hijo.
Entre tanto ellos rondando a sus anchas por la propiedad.

El perro es muy simpático, la verdad, pero está visto que el nuestro no es el paraíso de la placidez animalística.
Simón pretendía que sostuviéramos una charla acerca de su joven compañero, un tema en el que yo no quería entrar, pero como forzó la conversación le dije lo que pensaba, que era muy bonito tener un animal y seguro a él le había venido de maravilla, pero que pensando en nuestra vida práctica a futuro suponía un quebradero de cabeza. ¿Acaso pensaba el quedarse instalado en el nido paterno en los sucesivos quince años?, ¿acaso no estaba ya casi todo el tiempo afuera?, ¿quién se lo iba a cuidar?, porque si, como era de desear, la empresa en la que ahora estaba metido tiraba hacia adelante, iba a estar cada vez más ocupado si cabe, y si al acabar se iba a practicar deporte, pues todos encantados, pero ¿y el perro?, y siguiendo con la versión más favorable, ¿qué pasaría si en algún momento se nos diera a todos por poder viajar?..
-Me lo llevaré, el otro día vi a uno viajando en el tren metido en una especie de caja-jaula.
-Ha crecido ¿eh?, tiene más pinta de pastor alemán que de la pequeña especie de labrador que decías.
-Simón me salió entonces con el planteo de que con el nivel de desarrollo que yo hubiese podido alcanzar de no haberlos tenido a ellos, a mis dos varones, estaría ahora en una situación mucho más favorable. Imagínatelo, me dijo, en veintitrés años, y sin embargo, aún sabiéndolo, ¿hubieras dejado de tenernos?.
- Yo lo único que te digo hijo es que no entraba en mis planes estar todo el día pendiente de tu amado chucho.

Entre tanto el aludido nos miraba desde una esquina con la cara y pose que adopta cuando sabe que algo ha hecho mal. Estábamos todos un tanto alterados porque ya iba la tercera vez que el señor se escapaba de casa. 
-¿Tu crees Simón que es de mi agrado volver a verle la cara a la policía local?.
-Pero si he ido yo a recogerlo.
-Da lo mismo, yo llamé, yo tuve que ocuparme,  bastante tuve con ese tipo de historias. Además, tu te vas, lo dejas, y ya nos tienes a tu padre y a mí todo el santo día dominados por el tema del perro, ¿tengo o no tengo razón, hijo?.

domingo, 28 de octubre de 2012

Actualización

Chicle de globo
Veintiseis días después del regreso ni siquiera había respondido en Facebook a los mensajes de Betty & Katie. 
Por fin lo hice, la semana pasada. 
A este paso de escritura no voy a ponerme al día ni para navidad. Así que voy a hacer un refrito de lo que a ellas les conté para adelantar rápido.
"Querida Katie,
Me ha hecho mucha ilusión encontrar tu nota y estoy releyendo también la de Betty...
Estuve en casa mi madre, viendo a la familia, lejos de Internet. Cuando llegué a la mía comenzaron las historias de siempre. Un fallo técnico nos había dejado desconectados de la red, de hecho hacía meses que pagando sin dilación funcionaba fatal, vinieron de la compañía, en cada país es lo mismo, hay cruzar los dedos y esperar que lo resuelvan. Si no funciona el sortilegio, un consejo Katie, hay que llamar y decir que uno se borra del servicio, tajante, como hizo mi hijo. Entonces vienen y te cambian rápido el router de los problemas, que ya se lo venía diciendo Simón, "es el router, es el router", y ellos ni caso hasta ponernos serios.
Qué cosas te cuento Kattie. Mientras tanto aprovecho para limpiar y poner orden al grueso de los costados.
Como te dije, mi vida llena de sorpresas domésticas ha regresado. Mi hijo Simón tiene ahora un perro. También me encontré con visitantes roedores. A la media hora de haber colocado cebos mortales en lugares totalmente inaccesibles para un mamífero grandecito tuve que correr con el chucho hacia el veterinario, histérica con el coche queriendo alejar de mi la responsabilidad de convertirme nada más llegar en la asesina del amor mascotero de mi hijo. Espero que todo termine bien, en el vómito provocado por el veterinario a fuerza de jeringazos de agua oxigenada inyectados en la boca no se apreciaron rastros del chicle colorado que parecía el veneno. 
Katie, me gustaría saber cómo fue tu viaje a los Estados Unidos y como siguen las cosas por el hostel. Cúentame anécdotas, son mis favoritas, ya sabes, para ti es fácil con el inglés..."
Ciclo indoor
"Querida Betty,
Me encantó recibir tu mensaje tan pronto y tan cariñoso... 
Estoy empezando mentalmente a ajustarme a mi nueva vieja vida. También he comenzado a ir al gimnasio y a hacer algunas sesiones de cycling indoor, para no olvidarme de nuestro deporte favorito, pero el monitor ya me advirtió: "esto es diferente, tómatelo con calma", sin embargo no le hice caso, y aquí estoy, llena de agujetas.
Aquí veo mucha gente en buena forma física, también bronceada por el sol del verano que acaba de pasar y  todavía continua.
Voy en shorts y sandalias todo el día. Se me hace extraño, pero realmente agradable, ¡en octubre!, regresar del gimnasio (quince minutos caminando) a las nueve de la noche en camiseta de tirantes sin sentir fresco alguno.
También oliendo a pino y a polvo. No imagines Betty una polvareda, no estoy en el far west y ando por senderos asfaltado, pero sí que noto en el aire unas ligeras partículas que antes me pasaban desapercibidas. Me siento como una extranjera descubriendo el aire mediterráneo.
Betty, otro día te cuento más cosas y espero que tu también lo hagas, así que estaremos en contacto, y algún día vendrás a verme ¿eh?..."

lunes, 22 de octubre de 2012

Al descubierto


Estando todavía en Inglaterra haciendo camas una mañana me entró la inquietud de que si mi marido publicaba la novela con el título que le había buscado no habría quién la eligiera entre el montón de obras expuestas a la venta, y se me ocurrió otro.
-¡"Pies peludos"!, ¡cómo se te ocurre!, si parece un titular para El Jueves*, me dijo mi marido cuando le fui con la idea.
-Es llamativo.
-Es horrible. Piensa cariño que se trata de un texto literario y el título tiene que estar acorde...
-Vale, pero todo depende, si Tarantino lo hubiese elegido para una película suya podría haber pasado por cool, ¿no te parece?, a ver, ¿cómo se llama esa con Uma Thurman y John Travolta?...
-...el título tiene que tener cierta sonoridad, el oído importa mucho...
-...¡ah! ya me acuerdo, no, Pulp Fiction, suena refinado..., y Kill Bill también, en fin, pero vamos a ver, Carne trémula, de Almodóvar, ¿no parece un titular de revista burlesca?. ... Y Carne, a secas, ¿te acuerdas que me contaste de una película de los años sesenta o por ahí, argentina, que te gustaría volver a ver?, se llamaba así, ¿verdad?, "caaarne", ¿te suena bien?. 

Igualmente, para evitar el mal fario, mi marido modificó el título que había mandado como provisional; ahora le ha puesto uno que suena poético (sin guasa), el nombre de una península lejana, que en todo caso no es Kamchatka.
Para evitar malentendidos tengo que decir que mi  influencia sobre mi marido es nula, literaria me refiero, si hubiese estado convencido lo quedaba como estaba, que por algo lo tenía puesto como no definitivo.
Lo cierto es que con el nombre de Pies peludos sucedió algo raro, me vino como una inspiración, a mi, que jamás me he metido en el trabajo de mi marido, y el calor de su encuentro me duró hasta que lo solté, quedando convertido afuera en un charco de hielo derretido. 
Espero que no todo me funcione de la misma manera.

*Semanario español de humor satírico

sábado, 20 de octubre de 2012

Veinticinco días después

"Bichito, bichito, tu que eres tan tontito, podrías de una vez subirte al algodón para que te pueda transportar en esta nube hasta la ventana y arrojarte al aire libre del jardín", le decía yo a un insecto parado en la pila del lavabo en una de nuestras primeras noche en España.
El tío no levantaba pata ni a la de tres para auparse a la montaña que yo le ponía por delante.

Mi marido me preguntó noches después si había puesto en el blog lo del bicho que le había contado.
-¿Acaso me has visto sentada al ordenador en algún momento desde que llegamos?, cómo quieres que lo haya escrito, si no he parado.
-Ya empezamos, ¡yo no quiero nada!, solo te preguntaba.

El chorro de agua se lo hubiese llevado sin remedio cañería abajo, de hecho ya estaba dando tumbos en el remolino que se forma en la pila y estuve tentada a dejarlo ir, pero mira, esa noche estaba inspirada y cerré el grifo de golpe.
Estaba tan aturdido que aún sin la corriente tuve que ayudarle con el dedo a salvar el temporal.
Cayó mal. Quedó boca arriba pataleando como un poseso. Pasaba el rato y seguía sin dar la media vuelta sobre el caparazón para salir caminando.
Con este desgaste energético, si no ha girado no lo hará, pensé, menuda ayuda le he prestado.
Si lo dejo como está habré intervenido para mandado de una muerte rápida, a una de asfixia lenta por agotamiento.
Algo tenía que hacer para librarlo de dicha tortura.
Lo coloqué boca abajo.
Parecía que había quedado manco de una pata, estuve observando y al rato esta asomó por debajo del cuerpo, hasta quedar desembarazada del todo de una pesada gota que la obstaculizaba bajo el vientre; por fin pude contarle ocho extremidades.
Juraría que todas eran patas, cuatro atrás y cuatro adelante, aunque siendo que no era una araña ni un escarabajo, quizá lo observé mal y dos fueran antenas.

Es conocido que con los cambios se producen transformaciones, transitorias o permanentes, pues bien, en mi caso, con el ajetreo de los últimos tiempos, fuera de mi costumbre habitual de retirarme los cosméticos con jabón y agua de ducha, esa noche lo estaba haciendo con desmaquillador y discos de algodón. Así que disponía del medio.
Me costó hacerlo subir a la nube, mi marido me llamaba desde el dormitorio, ¿vas a venir pronto o apago la luz?.
Espera un poco, ya voy, le contestaba.

Se me agotaba la paciencia. Al animal le dio por paladear el afeite. Llegados a la ventana resistía a soltarse de la superficie embadurnada. Gracias que tenía yo el día contemplativo, porque sino le digo adiós muy buenas y lo estampo contra el alféizar.
¡Que tanto cuanto!, el algodón con él a la basura y a dormir todos tranquilos.

viernes, 12 de octubre de 2012

Despedida acuática

Endorfinas
Estoy cansada, muy cansada.En la piscina los cuencos de las gafas se me iban llenando de líquido no tratado en tanto emitía lamentos hacia el fondo que de no ser absorbidos por la masa acuática bien pudieran tomarse por espiraciones profundas. Muy dramático y casi agradable.
No es que me suceda algo así a menudo, pero es que ahora estoy cansada, muy cansada.

Sigo acudiendo a la piscina de mis amores que lleva tiempo sin atacarme y no a la otra, la de Abbey Pools, llena de bebés, padres y abuelos de familias no espeluznantes, confortable y nada agresiva, según mi experiencia, pero cuando reabrieron Parkside Swimming Pool tras la reforma, allí regresé, a encontrarme con una ducha de agua congelada, por una avería, porque es la mía, por su hechura de principal, su graderío y sus nadadores olímpicos, que no por sus monstruítos, que también abundan.
Ayer todo eso únicamente me estimulaba las lágrimas que no me permitía ver tras las gafas mientras avanzaba por el carril pegando brazadas al agua  y soltando bramidos hacia el fondo.
Por suerte no cada día tengo que nadar de ese modo, aunque tampoco es desagradable, sobre todo si hacia el final te alcanzan los efectos de las endorfinas, cosa que a medias me sucedió en esta mi sesión de despedida.


Llevo tal agotamiento moral que en la sesión de ayer en la piscina, la de despedida se supone, solo a medias me alcanzaron los efectos de las endorfinas.
Sigo acudiendo a la piscina de mis amores que lleva tiempo sin atacarme y no a la otra, la de Abbey Pools, llena de bebés, padres y abuelos de familias normales, que me resultó acogedora, confortable y nada agresiva, pero a la de Parkside Pools  he regresado, a reencontrarme el primer día tras la reforma con una ducha de agua congelada. 
Pero en serio que se está portando bien conmigo, a lo mejor es que le han cambiado al director. Me inspira aquí el graderío, su hechura amplia y los nadadores de talla olímpica que a mi vera pasan volando. 
Supongo que por ser la grande y contar con parque acuático abundan en ella también los monstruítos, que los hay bastantes en esta ciudad, o al menos yo los veo por donde circulo.